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Así nos vio el Poeta

Cuando se dice en Antequera “El Poeta”, nos viene a la mente y al corazón un nombre, una cara, una sonrisa… D. José Antonio Muñoz Rojas. Nos unió a él una estrecha amistad, amistad que se perdía entre sus primeros sueños de niño, porque su infancia la vivió aquí, junto a nuestro Monasterio, como él mismo decía: “Estaban pared por medio”instantánea_003

Cuando, años más tarde escribió su precioso libro “Las Musarañas”, dejó constancia de ello. Aquí lo tenéis…

Estaban pared por medio. Sonaba una campanita.
— Ahora irán al refectorio.pr_LIBRO_MUSEO_DESCALZAS_Página_011_Imagen_0001
— ¿Al refectorio?
— Ahora irán a vísperas.
— ¿A vísperas?
Todo era misterioso. El son de la campana, los altos muros, las palabras, refectorio, vísperas, completas. Sus comidas eran refacciones, sus horas se llamaban de otra manera. Su vida era otra. Por la noche, a lo mejor, entre el miedo de la noche, unas campanas como unos pasos en la oscuridad. Irían por sus corredores, al coro, a sus rezos.
El jardín suyo estaba tapia por medio del nuestro. Subían las altas puntas de los árboles, se volcaba a lo mejor una enredadera de nuestro lado. Ciertas noches unos cantos que aparecían en el aire, que se acercaban primero, que se iban alejando, muy pausados, muy hermosos.
— Son las saetas.
Esto era todo lo que se percibía, las campanadas, las puntas de los árboles, la voz de la tornera, el contorno de las monjas en el locutorio, la toca blanca cuadrada, entre lo pardo de las sombras,
de los hábitos. Las voces tenían un acorde especial, un acorde que iba bien con la penumbra, con el olor de la iglesia, que era tan bueno y distinto.
Un olor hecho para que el rezo y la paz se acomodaran a él.
instantánea_008“Nada te turbe, nada te espante, sólo Dios basta”, advertía un letrerito. ¿Qué podía haber allí dentro de espantable y turbador? ¿Qué era eso de que sólo Dios bastara? Otro misterio que añadir a los muchos que significaban las monjas.
— ¿Quién es esa monja que canta tan bien?
Sentíamos la voz en la iglesia, salir de las honduras del coro, y no parecía venir de allí, sino del altar mismo, de la luz que había en el altar, y encajar divinamente con el olor, con la luz de la iglesia, que no era muy terrenal, como que entraba de lo alto, y cuando descendía ya venía tan celestial que era otra. Nos íbamos por la voz a sus mundos, y eso que era una voz delgada, alargada, cimbreante, que recordaba ciertos álamos al viento, subiendo al azul. En las Descalzas había siempre mucha paz y se estaba bien…

José Antonio Muñoz Rojas
“Las musarañas”