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La Piedad

Un póster de la Madre

Hª Lucía Carmen de la Trinidad, cd

        Preside mi pequeña mesa de estudio un póster de la Madre. Un detalle de La Piedad que aquel genio de Miguel Ángel arrancó de la frialdad del mármol para envolvernos a todos en un misterio insondable de ternura y de calor. Sólo el busto de María: su mirada baja (porque fijada en el Hijo, en Él lo encuentra Todo); la graciosa caída del velo sobre la frente inmaculada, preciosa custodia de su pensamiento; su boca, apremiada por la Palabra eterna que descansa entre sus brazos, está hilvanada ahora, más que nunca, por mil silencios…

          El póster queda justo al borde del corazón. Así que no me queda más remedio que adentrarme ahí –mi hogar caliente-, en ese sagrario divino ante el que mi alma sólo puede cantar, con Ella, las grandezas del Señor. No me queda ya más camino que bogar corazón adentro…

La Madre, siempre a mi lado

me reviste de hermosuras,

al colmarme de ternuras

si ve el corazón cansado.

Es mi cielo anticipado,

mi gloria, mi santuario…

El surco donde, a diario,

se abre mi flor temprana.

Es Ella la que desgrana

las cuentas de mi rosario.

          Mirarse dentro es descubrir anchuras ilimitadas, espacios infinitos donde “permitir” a Dios plantar su tienda. La serenidad de este rostro de María me invita a entrar, a bajar hasta el abismo del fondo de mi ser. Y eso no es fácil. Es mucho más cómodo estar “en la ronda del castillo”, como nos dirá Santa Teresa de Jesús[1]. Y en este “hermoso y deleitoso castillo, hemos de ver cómo podremos entrar en él”[2]. A mí me basta cerrar los ojos –igual que Ella-, y saber que Dios me habita, que me está esperando en cada esquina del alma.

          Señora de la Fe: anima en mí la certeza de saber que “no estoy hueca en mi interior”[3]

María, mujer de fe

por caminos y montañas…

¡Cómo arden tus entrañas

con el fuego de Yavhé!

Hoy la encina de Mambré

en tus ojos reverdece,

que dentro de ti ya crece

ese Dios a quien adamas[4].

A la sombra de tus alas

toda su Gloria amanece…

          Junto al Corazón de la Madre, donde Ella ha guardado y meditado todas las cosas, siento avivarse mi pobre fe, que la vida tiene sentido cuando dejamos que sea Dios quien tome las riendas de nuestra pequeña historia de salvación.

          Dejar a Dios que sea Dios dentro de mí, ha convertido mi existencia en una hermosa fiesta: la Boda que sella el amor que Dios ha derramado en mi corazón y que, a través de mí –como canal de su gracia-, quiere derramar sobre la aridez de nuestro mundo. Y María está presente en esta Boda, con derechos de Madre y de Reina…  “Vienen días”[5] en los que se acaba el vino de la alegría, en los que la esperanza “no alcanza cuanto espera”; en los que mis pies doloridos no avanzan por los senderos de la luz. Días en los que miro al cielo y no descubro ninguna claridad por sus rincones…

Eres solaz del alma en la desgracia,

en la noche desnuda y sin sentido,

cuando ninguna estrella ha consentido

verter gotas de luz sobre mi acacia.

¡Qué seco mi jardín, que no se sacia

del agua que este mundo le ha ofrecido!

Sus brotes, por tu amor, han florecido

sumergidos en ti, ¡Llena de gracia!

          María es mirada atenta. Sabe muy bien cuándo dentro de mis odres escasea el vino nuevo que sólo su Hijo puede darme. Ella sabe de mi sed, de mis anhelos más profundos… porque todas mis esperanzas se han dormido entre sus brazos. Discreta –sencillamente porque es Madre y es por eso, pura intuición-, sólo me aconseja una cosa “Haz lo que Jesús te diga”[6]. Y es que mi sed sólo puede saciarse en la Palabra del Hijo Amado: “El que tenga sed, que venga a Mí, y beba”[7]

Para mi sed, Agua Viva

vengo a pedirte, Señora…

Que tu Fuente me enamora…

¡Quiero ser gota cautiva

del Manantial que deriva

de tu seno inmaculado!

Que el Fruto que nos has dado

es arroyo incandescente…

¡Qué bien sé yo aquella Fuente

donde mi sed se ha saciado!

          Es la Madre quien me lleva a Jesús, el Agua Viva, la “fonte que mana y corre”... Y la Fe me dice que Él está ahí, aunque yo no lo vea, “porque es de noche”. En mi pequeño póster no aparece, pero sé que en el regazo de la Virgen, descansa el Hijo de tanto sufrimiento y de tanto dolor… “Nuestro lecho florido, de cuevas de leones enlazado, en púrpura tendido, de paz edificado, de mil escudos de oro coronado”…[8]

          Señora de la Fe: en los momentos difíciles de la vida, ábrenos el regazo materno, porque nos sentimos niños necesitados de tu cariño y de tu ternura sin ocaso.

          ¿Quién no tiene sed del Infinito? Con el agua de la Gracia, Madre mía, este mundo se volverá un poco más cálido, un poco –o un mucho- más humano. Y sólo tú nos puedes dar a Jesús, fruto bendito de tu vientre…

Que de un río cristalino

más limpio que el mismo cielo

se ha empapado nuestro suelo

y se ha vuelto más divino.

Mi propia sed es camino

hasta llegar a la arena

de ese Mar que me enajena,

de ese Azul que me extasía.

Al rozar mi piel, ardía

tu belleza nazarena…

          Comentó, hace ya un poco de tiempo, Carlo Carretto: “Somos demasiado complicados para escribir sobre una criatura tan transparente”[9]. Por eso, vuelvo a mirar esta hermosa imagen de María que tantas cosas me dice en el silencio de su mirada, y le pido a Ella que me deje navegar por ese océano insondable, hontanar de aguas cristalinas. Déjame, Madre mía, bogar corazón adentro.

 

Notas

[1] 1Mo 1,5.

[2] Ib.

[3] CV 28, 10

[4] “Adamar es amar mucho; es más que amar simplemente, es como amar duplicadamente”.  San Juan de la Cruz, CB 32, 5.

[5] Cf. CV 38, 6.

[6]Jn 2, 5.

[7]Jn 7, 37.

[8] San Juan de la Cruz. CB, 24.

[9] CARLO CARRETTO.  “Dichosa tú que has creído”. Presentación.