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Parábola de una gota de agua

“ABRE TU PARAGUAS Y ECHA A ANDAR”

Hª Lucía Carmen de la Trinidad, cd

 

          Era una mañana de primavera. Desde el cielo cayó a la tierra una lluvia fresca y abundante, y muchísimas gotitas de agua comenzaron a caminar. Les repartieron muchos paraguas para el viaje, pero todas los rechazaban porque les parecía algo innecesario y les estorbaría demasiado. Nuestra protagonista, redonda y transparente, aceptó el paraguas agradecida, aunque no sabía bien qué iba a hacer con él. A ella le dieron una consigna: debería de llevarlo siempre abierto hasta el final. Había momentos en los que nuestra gotita de agua se sentía algo ridícula en el grupo, porque todas las demás se reían de ella y hasta le daban de lado.

           Lucía un espléndido sol y muchas gotas se tumbaron sobre la hierba para tomarlo. En cambio, la nuestra permaneció bajo su paraguas abierto, aunque no sin sentir la tentación de cerrarlo para tomar ella también un baño de luz. Más adelante, al volver la cabeza hacia atrás, contempló cómo todas aquellas gotitas se habían secado bajo los rayos del mediodía.

          Al borde de una vereda, unas mariposas jugueteaban alegremente entre lindas florecillas de colores. Y muchas gotas fueron a jugar con ellas… ¡La nuestra no, porque no podía cerrar su paraguas! Al cabo de un rato las encontraron tendidas y huecas junto a una cuneta, porque las mariposas, al no querer mojar sus lindas alas, las habían sacudido sobre ellas.

            Con gran alegría nuestra gota divisó a lo lejos algunos paraguas que se iban acercando al suyo… ¡¡¡Muchas gotitas de agua habían caminado, como ella, con su paraguas siempre abierto!!! Y se unieron entre ellas tanto, tanto, que bien pronto se formó un charquito, y un manantial, y un arroyuelo… y era ya un río impetuoso el que las arrastraba gozosamente a todas hacia su destino. Al llegar, las olas del mar formaron sobre la arena algo muy parecido a un corazón, donde desembocó feliz nuestra gotita de agua.

          Sí, había merecido la pena permanecer siempre a la sombra de aquel paraguas. Al fin, nuestra pequeña gota lo comprendió todo.

 

¿Qué nos sugiere esta parábola?

  • Existimos desde toda la eternidad en el pensamiento de Dios.
  • En el camino de la vida se nos ha regalado el don de la oración (el paraguas).
  • Y una consigna: Velar y orar[1]  (paraguas siempre abierto).
  • La oración nos ayuda y fortalece frente a las tentaciones y asechanzas del mal (tomar el sol,  jugar con las mariposas…).
  • ¡No estamos solos! Muchos hermanos a lo largo y ancho del planeta oran con nosotros (hay en este mundo muchos paraguas abiertos).
  • Y la oración no es otra cosa que “estar muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama”[2]. O sea, hablando teresianamente: “Juntos andemos, Señor”[3].

“Mi Señor Jesús, dame esa determinada determinación[4]  que necesito

para llevar siempre abierto mi paraguas en el viaje de la vida”.

♠ ♠ ♠

[1] Mt 24, 42a; Mc 13, 37; Lc 12, 35-40; Ap 3, 10; Ap 16, 15a.

[2] Teresa de Jesús, Vida 8, 5.

[3] Teresa de Jesús, Camino de Perfección 26, 6.

[4] Teresa de Jesús, Camino de Perfección 21, 2