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Capítulo 4º

Santa Teresa de Jesús
Madre de Espirituales

P. Tomás Álvarez de la Cruz, o.c.d.

Cap. IV:  “Señor, ¿qué queréis que haga?»
                     Teresa Fundadora.

«Lo primero, una casita pobre.
Y un nuevo estilo de vida»

En medio del camino, Teresa se había encontrado con Dios. Y no hay encuentro con El sin misión. Es decir: quien se encuentra con Yavé, como Moisés, o con Cristo, como Saulo, es enviado a los hombres. «Señor, ¿qué queréis que haga?», es la expresión de plena disponibilidad por parte de Pablo en el brevísimo diálogo ¡con Jesús.
Teresa se aplicó a sí misma esas palabras y las glosó en versos ingenuos que van comentando el estribillo: .qué mandáis hacer de mí?».

«Soberana Majestad,
eterna sabiduría,
bondad buena al alma mía,
Dios, alteza, un ser, bondad,
la gran vileza mirad,
que hoy os canta amor así:
¿qué mandáis hacer de mi?
Vuestra soy, pues me creastes,
vuestra, pues me redimistes,
vuestra, pues me sufristes,
vuestra, pues me llamastes,
vuestra porque me esperastes,
vuestra, pues no me perdí:
¿qué mandáis hacer de mi?
¿Qué mandáis, pues, buen Señor,
que haga tan vil criado?
¿Cuál oficio le habéis dado
a este esclavo pecador?
Veisme aqui, mi dulce amor,
amor dulce, veisme aquí:
¿qué mandáis hacer de mi?».

Cierto, Teresa no es mujer tan de una pieza como se dice en esos versos. Sufrirá crisis de fe en sí misma al verse fundadora improvisada, enredada «en tener dineros, en procurados», en tratar con arrieros y obreros, con prelados y capellanes. Y tendrá humor para decírselo a Dios sin rebozo: «algunas veces le decía: Señor mío, ¿cómo me mandáis cosas que parecen imposibles? Que, aunque fuera mujer, si tuviera libertad…; mas atada por todas partes, sin dineros ni de dónde los tener, ni para Breve ni para nada, ¿qué puedo yo hacer?».
Pero la «misión», es decir, el mandato de su Señor, ha sido perentorio. Ella lo sabe bien: «Habiendo un día comulgado, mandóme mucho Su Majestad lo procurase con todas mis fuerzas, haciéndome grandes promesas de que no se dejaría de hacer el monasterio, y que se serviría mucho en él, y que se llamase San José, y que a la una puerta nos guardaría él, y nuestra Señora la otra, y que Cristo andaría con nosotras, y que sería una estrella que diese de sí gran resplandor…».
Sin duda posible, la puesta en marcha de la fundadora obedeció a resortes históricos concretos, muy de aquella época y del ambiente en que Teresa vive. Resortes socio-religiosos que no quedan postergados por esa llamarada mística. Pero, en el recuerdo y en la evaluación de Teresa, prevalece y campea esa inspiración carismática. Ella estaba tan a gusto en su viejo convento, tan bien instalada en su celda, con amigas tan excelentes entre aquellas monjas… Prácticamente, con todos los problemas resueltos. De no haber sido «mandada», le bastaba su dosis de sentido práctico para no embarcarse en aquella empresa.
Pero se decidió a ello. Consultó y doblegó el criterio de teólogos letrados. Consiguió de Roma uno, dos y tres Breves consecutivos para que la primera fundación quedase cortada a la medida de sus deseos. Dialogó con el provincial carmelita, con la priora del monasterio, con monjas amigas y adversas. Contrató obreros que le arreglasen las casucas recién compradas en los aledaños de la ciudad. Consiguió dineros de su hermano Lorenzo, del Perú. Se escogió un grupo minúsculo de «doncellas pobres» y decididas, pioneras del nuevo carmelo. Contrató capellán y compró campana, siquiera fuese agujereada y a medio precio. Logró una plantilla de monjas profesas de la Encarnación que cimentasen el estreno de la nueva fraternidad. Dejó decir, reír y murmurar a los de la calle: «los dichos, las risas, el decir que era disparate; a mí, que bien me estaba en mi monasterio; a la mi compañera, tanta persecución que la traían fatigada. Yo no sabía qué me hacer. En parte me parecía tenían razón…».Patio de un Carmelo
Defiende por fin la última baza, la pobreza de la nueva casa. La defiende contra los teólogos asesores, contra el Consejo de la ciudad y, por fin, en Madrid, ante el Consejo del Rey. Y no parará hasta contar con el refrendo de un documento pontificio, y tener de su parte al General de la Orden.
El 24 de agosto de 1562 estaba en pie el primer carmelo teresiano, llamado «San José».
La fundadora lo había proyectado así: ante todo, serán pocas. No ciento ochenta, como en la Encarnación, sino solas trece: doce y la mayor, como en el «colegio de Cristo». Pero escogidas: claramente vocacionadas. En casa pobre sin labrar, viviendo del trabajo y las limosnas, sin renta. «Solas con el Solo», es decir, con un ideal netamente contemplativo y en una casita ceñida por un muro de clausura que haga mundo aparte. Muy hermanadas, todas iguales, sin título de «doñas» ni distinciones clasistas: «aquí todas han de ser amigas, todas se han de amar, todas se han de querer, todas se han de ayudar». La distribución de los oficios humildes comenzará por la madre priora. El horario de la casa estará marcado por el rezo litúrgico. La comunidad será una fraternidad, pero las hermanas tendrán corte de ermitañas: cada una tendrá celda propia, con tarima, estampas devotas en la pared y la enorme riqueza de un jarro de agua para el aseo. Dos horas de oración, estando en silencio toda la casa. Pero otras dos horas de recreación comunitaria, para avivar el «estilo de hermandad y recreación que tenemos juntas». «Cuanto más santas, más conversables con sus hermanas», es una de las consignas básicas de la convivencia. Pobres en el vestir, en el comer, en la previsión del día de mañana. Pero con huerta, en la que no falten vistas, campo, agua, flores. Y otra riqueza: los libros: «Tenga la priora cuenta con que haya buenos libros…, porque es en parte tan necesario este mantenimiento para el alma, como el comer para el cuerpo». Y que jamás falte el pan del amor, comenzando por la mayor de la casa: la priora «procure ser amada para ser obedecida».
Así era o tenía que ser un carmelo: casa de la Virgen María del Monte Carmelo, donde se vive bajo «la Regla de nuestra Señora del Carmen» y se aspira a encarnar el espíritu de «aquellos santos padres nuestros del Monte Carmelo, que en tanta soledad y con tanto desprecio de mundo buscaban este tesoro, esta preciosa margarita» de la oración y contemplación.
La fundación del primer carmelo teresiano había costado dos años de brega. De 1560 a 1562. Por esas mismas fechas se gestaban grandes acontecimientos en la Iglesia y en Europa. En la Iglesia, la última y definitiva convocatoria del Concilio de Trento. En Francia, recrudecimiento de las guerras de religión, masacre de Vassy y horizonte sombrío más allá del Rhin. Desde Madrid, el rey don Felipe envía cartas circulares al obispo y a los monasterios de Ávila pidiendo oraciones: «Bien sabéis el estado en que se hallan las cosas de nuestra religión cristiana y los que se han descuidado de ella en tantas provincias y lo que por nuestra parte se ha hecho, procurando por todas las vías que ha sido posible el remedio de ello; y especialmente en lo de Francia, que es tan vecina a estos reinos, y comoquiera que esperamos en nuestro Señor que por medio del santo Concilio que está ayuntado en Trento tendrá buen suceso; porque principalmente ha de venir de la mano de Dios, cuya es la causa; os encargamos mucho proveáis que en todos los monasterios de religiosos y religiosas de vuestra Orden se tenga especial cuidado de hacer oraciones y plegarias, pidiendo a Dios nuestro Señor con toda eficacia por la unión de dicha religión, por la obediencia de la Sede Apostólica e Iglesia Romana…, y a los que se obieren desviado della en cualquier manera, los restituya al verdadero conocimiento… y se proveya lo que conviene al bien universal de la Cristiandad…, y que en dichos monasterios se hagan procesiones, como se han hecho otras veces, en especial el año pasado de 60…».
Son noticias que conmocionan a la Madre Teresa. «Grandes males de la Iglesia», dirá ella. Sólo ahora cae en la cuenta de que su programa de fundación era alicorto en ideales. Sólo ahora descubre que ella y sus monjas se recluyen en el Carmelo para algo más que para ser ermitañas. Ellas se retiran a la soledad y viven la oración para «ser tales» que sirvan a la Iglesia. Se lo dirá con vehemencia, casi clamorosamente, a sus monjas en la primera página que escriba para el grupo: «En este tiempo vinieron a mi noticia los daños de Francia y el estrago que habían hecho estos luteranos y cuánto iba en crecimiento esta desventurada secta. Diome gran fatiga… Parecíame que mil vidas pusiera yo para remedio de un alma de las muchas que allí se perdían. Y como me vi mujer y ruin…, y toda mi ansia era y aun es que, pues tiene tantos enemigos y tan pocos amigos, que esos fuesen buenos, determiné hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese. y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo… y que todas ocupadas en oración por los que son defendedores de la Iglesia y predicadores y letrados que la defienden, ayudásemos en algo a este Señor mío…».
«¡Estáse ardiendo el mundo!». En el carmelo de San José no se puede perder el tiempo. Era necesario incorporar el servicio de la Iglesia y de los hombres al ideal contemplativo.
Otro avance en ese ideal teresiano sobreviene cuatro años después, en el verano de 1566. De las Indias occidentales llega a Ávila un amigo del Padre Las Casas. Es el franciscano Alonso de Maldonado. Hombre fogoso, locuacísimo, enardecido defensor de los indios. Viaja a Madrid. Es portador del último alegato del recién fallecido obispo de Chiapas. Y se propone llevar una vez más a la corte el problema de la conquista, apostrofar a los señores del Consejo de Indias y, si es preciso, viajar a Roma para presentar al Papa la causa de los indios. En uno de los memoriales destinados a la corte defiende que «están en estado de condenación los del Consejo» si no atienden «las proposiciones del cristianísimo y doctísimo obispo de Chiapa» y las suyas. Habla de los indios a la comunidad de San José: son «millones» los que se pierden por falta de doctrina y de misioneros. Y por la inercia del rey y su Consejo.
Al pequeño grupo de monjas que le escucha tras la reja del locutorio —dice la Santa— «hízonos un sermón y plática animando a la penitencia, y fuése». Pero apenas el franciscano se aleja, una borrasca estalla en el ánimo la Madre Teresa: «Yo quedé tan lastimada de la pérdida de tantas almas, que no cabía en mí. Fuime a una ermita con hartas lágrimas. Clamaba a nuestro Señor, suplicándole diese medio cómo yo pudiese algo para ganar algún alma para su servicio… y que pudiese mi oración algo, ya que yo no era para más. Había gran envidia a los que podían por amor de nuestro Señor emplearse en esto, aunque pasasen mil muertes…».
Ese oleaje de deseos la agita día y noche. «Pues andando yo con esta pena tan grande, una noche, estando en oración, representóseme el Señor de la manera que suele, y mostrándome mucho amor, a manera de quererme consolar, me dijo: Espera un poco, hija, y verás grandes cosas».
Refiere ella ese doble episodio —encuentro con el misionero y escucha de la voz interior del Señor— en el capítulo primero del Libro de las Fundaciones, pórtico de entrada en el libro y en la gesta de la fundadora. Un resorte secreto y potente va a lanzarla a los caminos con fuerza incontenible. No la abandonará ni le dejará reposo hasta el último respiro. Morirá de camino, sin haber ultimado el viaje ni la serie de fundaciones proyectadas. Presionada siempre por esa fuerza interior. Enclaustrada y andariega.
Dos objetivos nuevos habían venido a incorporarse a su ideal de contemplativa: el eclesial y el misionero. Los inoculará en las venas y en el espíritu de su carmelo. Cada casa que funde será un reducto de contemplación abierto a la experiencia de Dios, pero a la vez un foco de interés por todo lo de la Iglesia. Y desde ahí promoverá la ayuda al mundo misionero.

Andariega y fundadora

Sobre el alma de la monja seguían en suspenso las palabras de la promesa: «espera un poco… y verás grandes cosas». Las llevaba «fijadas en el corazón». «No las podía quitar de mí». «No podía atinar qué podía ser».
Pasaron cinco o seis meses y el enigma se aclaró. En febrero de 1567 llegaba a Ávila el padre General de los carmelitas, Juan Bautista Rossi (Rubeo), en el léxico de Teresa). No se había contado con él ni con su predecesor para la fundación de San José. A sabiendas o sin saberlo, la fundadora se había metido en un enredo, pequeño callejón jurídico de difícil salida. El nuevo carmelo está bajo la jurisdicción del Obispo de Ávila, don Álvaro de Mendoza; y ella, la priora y fundadora, sigue bajo la obediencia del General de la Orden. «Me pesó su llegada», escribe. Teme la orden perentoria de abandonar lo hecho y regresar a la Encarnación, donde Rubeo ha comenzado en serio la visita de las monjas y la reforma del monasterio.Villanueva de la Jara
Ocurrió todo lo contrario. Los dos dialogaron, se entendieron y pasaron adelante. Rubeo era hombre excepcional. Convencido de la eficacia de los decretos reformatorios del Concilio Tridentino, en que él mismo había participado; convencido de la vitalidad de la Orden carmelitana por él regentada; adverso a las injerencias de poderes extraños —el Rey o los obispos— en la reforma de sus religiosos. A su paso por Madrid, no ha tenido suerte con Felipe II. Pero la tiene en Ávila con el Obispo y con la Madre Teresa.
Da todo su apoyo a la obra de reforma iniciada por ésta desde dentro del Carmelo. Y la faculta o, más bien, le ordena seguir fundando. Que funde «tantos monasterios como cabellos tiene él en la cabeza», recordará la fundadora con retintín.
A Teresa le crecen las alas. Aún no había abandonado Rubeo la Península camino de Italia, cuando ella le envía una carta solicitando facultades para fundar no sólo monjas, sino religiosos que sigan el mismo estilo de la casita de San José. Y lo consigue. Rubeo responde desde Barcelona (10 agosto 1567) permitiéndole comenzar: podrá poner en marcha dos casas «que se llamen y sean casas y monasterios de los carmelitas contemplativos y que estén erigidas en tierra castellana».
Teresa se para un momento a humorizar de cara a sí misma y al panorama: con poderes y patentes en la mano, pero sin fraile ni seglar que se apunte a la empresa; casa ni dineros para adquirirla: «Hela aquí, una pobre monja descalza, sin ayuda de ninguna parte sino del Señor, cargada de patentes y buenos deseos y sin ninguna posibilidad para ponerlo por obra». Pero se pone en marcha sin demora, ese mismo verano. Sin tregua ni respiro. Hasta la muerte, quince años después, tras recorrer miles de kilómetros en carromato, a lomos de mula o a pie.
Fundar es su gesta. Como la del Cid o los caballeros de antaño. Pero sin espada. Con una mesnada de mujeres. Y liderazgo de mujer. La gesta se desarrolla en dos campos. Primero, una jornada de nueve años, iniciada bajo un cielo sereno, que lentamente se va cuajando de nubarrones y oposición: 1567-1576. Sigue un parón forzado: «cesaron las fundaciones por más de cuatro años», anota ella en su Libro (c. 28,1). Reanuda, con la segunda jornada, los tres años finales de su vida: 1580-1582.
1567: —Comienza viajando de Ávila a Medina del Campo (verano de 1567). La ayuda un sinfín de amigos: carmelitas, jesuitas, dominicos, hacendados de la ciudad, el famoso banquero Simón Ruiz, la hermana del obispo de Ávila, doña María de Mendoza, sacerdotes abulenses… Pero la nueva casa comienza en pobreza tan radical y desmantelada que la fundadora está a punto de desfallecer, sobre todo al comprobar dónde ha quedado instalado el Santísimo: en un portalico ruinoso.
1568: —De Medina, emporio del comercio castellano a Malagón, en plena pobreza. Allí surge el tercer carmelo teresiano, con el apoyo de una antigua amiga toledana, doña Luisa de La Cerda. Más adelante, la Madre Teresa tendrá que desplazarse de nuevo a la villa manchega para dirigir las obras de albañilería del nuevo edificio.
Sólo unos meses después, desanda el camino para fundar en Valladolid no lejos de la ciudad, en un lugar malsano, a orillas del Pisuerga, que muy pronto la obligará a trasladarse a la población.
1569: —Fundación de un carmelo en Toledo. Nuevamente al amparo de su amiga doña Luisa, aunque requerida por otros señores de la ciudad. Pero esta vez en tanta pobreza que hubo día en que «ni una seroja de leña teníamos para asar una sardina».
El mismo año viaja de Toledo a Pastrana, invitada o reclamada por la princesa de Éboli, doña Ana de Mendoza. Teresa lleva a cabo la fundación, pero entra en conflicto con la princesa y decide dejar a ésta el edificio y los enseres y llevarse a sus monjas a Segovia
(1574).
1570: -De Toledo viaja a Salamanca para establecer un carmelo en la ciudad de los estudiantes. «Llegamos vísperas de Todos los Santos, habiendo andado harto del camino la noche anterior con harto frío, y dormido en un lugar estando yo bien mala» (18, 3). Pasa la noche de ánimas entre el doblar de las campanas y el miedo a los estudiantes, que han tenido que abandonar a viva fuerza el caserón. Pero logra poner en marcha un nuevo convento, si bien le acarreará una interminable maraña de disgustos y complicaciones con el huraño vendedor del inmueble.
1571: -Funda en Alba de Tormes, sin dificultad especial. Y pronto tiene que trasladarse a la Encarnación de Ávila, con el cargo de Priora: será un trienio (1571-1574) que frenará su dinamismo de fundadora.
1574: -Largo viaje de Salamanca a Segovia. Lo hace en buena compañía: guían la caravana fray Juan de la Cruz y Julián de Ávila, que comparten con la Madre Teresa las peripecias de la fundación y a duras penas evitan la cárcel.
1575: -Viaje penoso y larguísimo hasta Beas de Segura, en la provincia de Jaén, atravesando primero Somosierra y cruzando luego los vericuetos de Despeñaperros. Este mismo año la fundadora se adentra en tierras andaluzas y llega hasta Sevilla, donde funda uno de sus carmelos más queridos, del que le vendrán alegrías y sinsabores a raudales.
1576: —Primera fundación en ausencia de la Madre Teresa. Desde Sevilla organiza la erección del carmelo de Caravaca de la Cruz, sirviéndose de su buen capellán y «escudero» Julián de Ávila y de una de las muchas monjas de calidad que engrosan ya sus carmelos: Ana de San Alberto, más adelante discípula de San Juan de la Cruz.
Entre tanto, la Madre Teresa había logrado poner en marcha la otra cinta de fundaciones. En Duruelo y Pastrana había levantado las dos primeras casas permitidas por el P. General. Seguirían otras varias. Para ellas había conseguido la colaboración de hombres estupendos: fray Juan de la Cruz, joven carmelita recién ordenado sacerdote, y Antonio de Jesús Heredia, pionero de Duruelo junto con el anterior; el italiano Ambrosio Mariano Azaro y, poco después, Jerónimo Gracián, para fundar y afianzar la casa de Pastrana. Pero a la vez se le infiltraron en el grupo hombres mediocres, rebotados de otros conventos. Lentamente se enturbiaron las relaciones entre la Madre Teresa y el P. General. Estando ella todavía en Sevilla, le llega la orden de cesar en sus fundaciones y recluirse en uno de los carmelos ya fundados. No menos de cuatro años serán necesarios para desenredar la madeja y serenar los ánimos. La Madre Teresa emprenderá nuevamente la tarea, a los 65 años con otro largo y penoso viaje.
1580—Fundación en Villanueva de la Jara (Cuenca). La Madre fundadora viaja desde Malagón («que es veintiséis leguas y más de Villanueva») en pleno invierno y enferma, «por haber venido bien mala hasta Malagón», con grave recaída al regresar de la Jara a Toledo, donde la sorprenderá la terrible epidemia del año, el «catarro universal» de 1580, que la deja diezmada de fuerzas.Refectorio-Caravaca
El mismo año funda en Palencia, al amparo del viejo amigo don Álvaro de Mendoza, ahora obispo de la ciudad.
1581: —Viaje primaveral, cruzando el valle del Duero aguas arriba, desde Palencia hasta Soria. Muchos kilómetros de camino. En Soria logra una fundación al socaire de todas las facilidades. La espera en la ciudad el obispo de Burgo de Osma, Alonso Velázquez, quien años atrás fuera su director espiritual en Toledo, mientras ella redactaba el «Castillo Interior», y que ahora será el último gran testigo de lo que ocurre en el castillo de su alma. Para él escribe su última «Relación».
Pero el regreso de Soria a Ávila será tal vez el más pesado maratón de cuantos lleva recorridos. Viaja ya en otoño. Antes de llegar a su tierra natal, hace un alto en Villacastín. Está agotada. En confidencial desahogo, se lo cuenta a su predilecta, la priora de Sevilla, María de San José: «Yo llegué anoche, que fueron cuatro de setiembre, a este lugar de Villacastín, bien harta de andar, que vengo de la fundación de Soria, que hasta Ávila adonde ahora voy hay más de 40 leguas. Hartos trabajos y peligros nos han acaecido. Con todo, vengo buena, gloria Dios».
1582: —Fray Juan de la Cruz ha venido de Andalucía a Ávila para llevarse consigo a la Madre a fundar un carmelo en Granada. Son los últimos días de noviembre de 1581, invierno crudo, y muchos kilómetros. La Madre Teresa confía la fundación al propio fray Juan y a la priora de Beas, Ana de Jesús, futura destinataria del «Cántico Espiritual». Ellos la realizan en enero del año siguiente, mientras la Fundadora va camino de Burgos para su última fundación.
1582: —Fundación en Burgos. Viaje desde Ávila en lo más crudo del invierno. Con lluvia, frío, ríos desbordados y caminos de fango. Sin duda, la expedición más trabajosa y cruel de cuantas ha emprendido la Fundadora. En la ciudad choca con la oposición frontal del arzobispo, pariente suyo, don Cristóbal Vela. Tendrá que alojarse en la buhardilla del Hospital de la Concepción, y prolongar casi cuatro meses la espera, hasta poner en pie su último Carmelo. Lo logra a últimos de abril; pero, antes de reanudar el viaje, una riada del Arlanzón está a punto de arrasar lo hecho. Es ya verano cuando la Madre emprende el postrer viaje: Burgos-Palencia-Valladolid-Medina del Campo-Alba de Tormes. Sale de Burgos el 26 ó 27 de julio. Llega a la villa de los Duques el 20 de septiembre al atardecer.
En realidad, el rumbo de esta última singladura teresiana no apuntaba a Alba, sino a Ávila, camino de Madrid. La Madre Teresa acariciaba el proyecto de fundar en la Corte. Quedará truncado de momento, como Iras muchas fundaciones que no habían llegado a cuajar y que con toda seguridad seguían en la mente de la «andariega»: Aguilar de Campoo, Arenas, Ciudad Real, Ciudad Rodrigo, Daimiel, Orduña, Pamplona, Paterna, Torrijos, Zamora, Valencia, Évora…

Liderazgo de mujer

Fundaciones, caminos, carros y arrieros, peripecias y sobresaltos…, Teresa los recuerda con cierto regusto al consignarlos en su cuaderno: «No pongo en estas fundaciones los grandes trabajos de los caminos, con fríos, con soles, con nieves, otras perder el camino, otras con hartos males y calenturas, porque, gloria a Dios, de ordinario es tener yo poca salud, sino que veía claro que nuestro Señor me daba esfuerzo. Porque me acaecía algunas veces que se trataba de fundación, hallarme con tantos males y dolores, que yo me congojaba mucho porque me parecía que aún para estar en la celda sin acostarme no estaba; y tornarme a nuestro Señor quejándome a Su Majestad y diciéndole que cómo quería que hiciese lo que no podía…».
Las dificultades mayores vinieron sesgadas de otro lado. Los colaboradores de la Madre Teresa las cifraron en un episodio ocurrido en Madrid y ribeteado de leyenda. Fue entre el verano y el otoño de 1577. Muerto el nuncio papal, Nicolás Ormaneto, favorable a la Madre, llegó de Roma el sucesor, Felipe Sega, francamente adverso. Instalado en Madrid, se presenta ante él un fraile carmelita, el catalán Juan de Jesús Roca, que se atreve a abogar por la causa y la persona de la Madre Teresa. El nuncio, que es hombre recio y no muy forrado de diplomacia vaticana, lo rebate con una semblanza netamente negativa de la Fundadora: «fémina inquieta y andariega, desobediente y contumaz, que a título de devoción inventa malas doctrinas, andando fuera de clausura, contra el orden del Concilio Tridentino y prelados, enseñando como maestra contra lo que San Pablo enseñó mandando que las mujeres no enseñasen».
El dicterio del nuncio no tarda en llegar a oídos de la interesada. Ella misma lo comunica confidencialmente a un amigo jesuita, Pablo Hernández: «de mí le dicen (al nuncio) que soy una vagamunda y inquieta, y que los monasterios que he hecho ha sido sin licencia del Papa ni del General».
Probablemente, ya antes de esa fecha estaba ella al corriente de que el nuncio anterior tampoco estaba muy de acuerdo con sus viajes fundacionales y había encargado en secreto al P. Gracián le pusiese cortapisas: «No quiero dejar de decirle… que a mí jamás me ha agradado el modo que, según entiendo, tiene la Madre Teresa de andar de acá para allá fundando y visitando monasterios». Así comenzaba una nota de Ormaneto.
Era un viejo rumor que venía zumbando en los oídos de la Fundadora casi desde su primera salida: que siendo monja claustral, viajaba de acá para allá; y que siendo mujer, se arrogaba no se sabía qué uso de la palabra y la enseñanza espiritual. Hacia 1571 había consignado ella en su cuaderno de apuntes personales (Relaciones) un dato revelador. Decía así: «Pensando si tenían razón los que les parecía mal que yo saliese a fundar, y que estaría yo mejor empleándome siempre en oración, entendí: “mientras se vive, no está la ganancia en procurar gozarme más, sino en hacer mi voluntad”. Parecíame a mí que, pues San Pable dice del encerramiento de las mujeres –que me han dicho poco ha y aún antes lo había oído-, que ésta sería la voluntad de Dios. Díjome: “diles que no se sigan por sola una parte de la Escritura, que miren otras, y que si podrán por ventura atarme las manos”».
Encerramiento y silencio de las mujeres, no sólo eran dos «eslóganes» antifeministas, sino dos motivos de alarma. En realidad, iban más allá de las pretensiones antifeministas de ciertas corrientes de la sociedad y de la Iglesia en que se mueve Teresa. Contra ellas había protestado siendo priora del primer Carmelo, hacia 1566, hablando con sus monjas en las páginas del Camino de Perfección. Contra ellas y contra los teólogos e inquisidores empeñados en «quitar libros» de lectura en romance para mujeres. Jueces despiadados, según ella; «hijos de Adán y, en fin, todos varones», (para quienes) no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa. Sí, que algún día habrá, Rey mío, (Cristo), que se conozcan todos».
No es sátira. Es clara visión del ambiente de hostilidad en que ella despliega su doble actividad de escritora y de fundadora. Telón de fondo que será cruzado por su ideario escrito y por sus viajes de monja andariega. Ambas cosas bien ensambladas: porque es una convicción la que a ella le ha puesto en camino. Convicción o ideal refrendado, es cierto, por carismas sobrenaturales. Pero forjado por ella con mente femenina y formulado en sus libros con estilo de mujer. De ahí arranca la marejada conflictiva en que se ven envueltas ella y su obra.
A grandes rasgos, los hechos se desarrollaron así:
La Madre Teresa comienza fundando carmelos femeninos y formando personalmente a sus seguidoras. Magisterio y liderazgo incontestados. Ella escribe constituciones y libros de formación para el grupo. Es ella quien decide el sí o el no de cada nueva fundación. Madre y maestra, liderazgo y magisterio, proseguirán incólumes y en «crescendo» hasta la hora del ocaso en Alba.

Casi a la par, la Madre Teresa ha visto pasar por su lado a una serie de varones calificados. No son hombres que desfilan al margen de su vida, sin rozar sus convicciones y sus planes. Son amigos y maestros, hombres de la universidad o de la jerarquía eclesial, que llegan a interesarse entrañablemente por su persona, sus ideas y su obra. No sólo la ayudan a fundar, sino a pensar. Corrigen algunas de sus tesis en materia de pobreza; ayudan a remodelar sus libros; discuten con ella o la informan en cuestión de finanzas, cánones o temas del Concilio Tridentino. Cuando, en 1576, comparezca Teresa ante la Inquisición de Sevilla, hará dos listas de esos amigos: en una recordará a diez profesores dominicos; en la otra a diez jesuitas calificados; y en lista aparte, a tres hombres excepcionales que la han asesorado en momentos difíciles: Francisco de Soto, Pedro de Alcántara y Juan de Ávila. Asesorada por ellos, pero sin cederles las riendas de sus «ideas» o de su empresa de fundadora.
Conocía bien el temple del teólogo y del religioso cuando decidió ampliar su programa de fundadora de monjas a fundadora de monjes. De cara a ellos iba a ejercer un accidentado liderazgo.
Tiene la fortuna de comenzar la nueva empresa con un hombre excepcional: fray Juan de la Cruz. Cuando ella hace su hallazgo, fray Juan es carmelita en Medina del Campo, viene de la Universidad de Salamanca y acaba de ordenarse sacerdote. Pero es ya un hombre maduro, con ideas y proyectos propios. Piensa hacerse cartujo. Pero el ser cartujo no coincide con el ideal que ella le propone. Por tanto, una vez que se ha ganado la voluntad del joven fray Juan, lo lleva consigo al carmelo de Valladolid para adoctrinarlo, no en el «rigor» de la nueva vida —en esto «él era tan bueno, que al menos yo podía más aprender de él que él de mí», escribe la Santa—, sino «para que llevase bien entendidas todas las cosas, así de mortificación como del estilo de hermandad y recreación que tenemos juntas».
Fray Juan incorporó la lección de la Fundadora. Pronto llegará a ser su maestro y «padre de su alma». Pero jamás pensó en ejercer el liderazgo del grupo ni en posibles correctivos y remodelaciones de la idea o del «estilo de hermandad» propuestos por la Madre Teresa.
Enseguida sobrevinieron hombres de procedencia y cuadratura mental heterogéneas. Todos sumisos a la Fundadora, pero menos dúctiles que fray Juan. He aquí nombres de los principales seguidores:
– Fray Juan de Jesús Heredia, prior de fray Juan de la Cruz en Medina y, posteriormente, en Duruelo. «El santo viejo», le llamará la Madre. Tendrá la suerte de asistirla a ella y al «santico» de fray Juan en el trance de la muerte. Pero no siempre sintonizó con las directrices de la Fundadora.
-El italiano, militar y medio-ingeniero Ambrosio Mariano Azaro. Rudo como buen soldado, y atleta rigorista que jamás renunciará al eremitismo del que procede. No del todo conforme con haberse afiliado a la reforma protagonizada por una mujer (desde el primer momento subrayó ella, irónicamente, su vena antifeminista). «Harto reñimos Mariano y yo» escribirá ella al P. General.
-Con Ambrosio Mariano, llega a Pastrana otro italiano también de origen ermitaño y pintor de profesión: fray Juan de la Miseria, autor de uno de uno de los más conocidos retratos de la santa.
– Junto a ellos, y en el mismo marco del primer noviciado de Pastrana, hay que colocar a Baltasar de Jesús Nieto, hombre de turbios antecedentes.
-De las aulas universitarias de Alcalá llega también a Pastrana el catalán Juan de Jesús Roca, hombre de amplia cultura humanística y teológica, enérgico y de talante realizador.
– De las mismas aulas procede Jerónimo Gracián de la Madre de Dios, hijo del secretario de lenguas y cifra en la corte imperial y, posteriormente, en la de Felipe II. Dotado de esmerada formación humanística adquirida en el hogar paterno, de gran cultura teológica y jurídica, de singulares cualidades humanas, será el hombre ideal para la empresa teresiana.
– Por fin, otro italiano de altas cualidades, pero de talante antitético del de Gracián, el genovés Nicolás Doria.
Y muchos más…
De la mano de estos hombres no tardaron en surgir iniciativas de expansión, no siempre controladas o refrendadas por la supervisión de la Madre Teresa. En el convento de Pastrana se cedió apresuradamente a la tentación del rigorismo ascético, en flagrante contradicción con el equilibrio evangélico y humanístico de la santa. No muy lejos de Pastrana surgió la extraña figura de una mujer muy dada a penitencias extremas, vestida de ermitaño-varón, con numerosos «fans» en la corte de Madrid, de la que se había alejado estrepitosamente; y no faltarán discípulos de la Madre Teresa que prefieran este otro modelo de ascetismo a ultranza y de feminismo exótico. Son especialmente estos hombres quienes se deciden a erigir nuevas fundaciones en tierras de Andalucía, en contra del parecer del P. General, Rubeo, si bien apoyados en facultades eclesiásticas al margen de la Orden.
Fue este último hecho el que sirvió de detonante a la carga acumulada, desatando un conflicto que puso en riesgo de total extinción a la obra de la Madre Teresa.
De un lado, el centro de la Orden y el nuncio papal. De otro, la Fundadora, con la fuerza de su palabra y el apoyo de sus amigos: obispos españoles, teólogos de prestigio y el propio rey.
Los episodios más dolorosos fueron protagonizados por el trío más calificado del grupo teresiano: ella, fray Juan de la Cruz y Jerónimo Gracián.
A ella la intiman con el mandato emanado por el Capítulo General de la Orden (Piacenza, mayo de 1575) de renunciar a viajes y fundaciones, y recluirse definitivamente en un monasterio. Y al margen de tal decisión oficial y de la quiebra de su amistad con Rubeo, su nombre y su obra quedarían envueltos en groseras calumnias («que vine apóstata y que estaba descomulgada», por ejemplo), siendo ella alcanzada por el fango de procesos, denuncias inquisitoriales y acusaciones de inmoralidad, que de rebote llegarían casi siempre a sus oídos.
Peor suerte le cupo a fray Juan de la Cruz, apresado, castigado, encarcelado y separado de toda comunicación con el mundo exterior. En vano recurre la Madre Teresa al rey pidiendo justicia. Será el propio fray Juan quien se la tome por su mano, fugándose de la cárcel tras ocho meses de prisión.
Y peor fue también la suerte de Gracián. Encumbrado repentinamente por el nuncio papal Ormaneto a la cima del grupo teresiano, con título y poderes de comisario pontificio, es desbancado ignominiosamente por el nuevo nuncio, Felipe Sega. Depuesto y denostado en un documento oficial cuyo vocabulario resulta increíble a la Madre Teresa, acepta la condena y el confinamiento en un convento de descalzos.
La Fundadora se somete a las decisiones de Sega, con todos los riesgos que tal sometimiento implica para su obra. Pero no rinde armas, sino que escribe a obispos amigos y recurre a teólogos de confianza, con influencia en la corte y en la nunciatura. Recauda dineros en la pobreza de sus carmelos. Maneja los hilos de una red de comunicaciones que va desde dichos carmelos (Toledo, Ávila, Sevilla…) hasta la propia corte del rey (Madrid-Lisboa), y que tiene su terminal en Roma. No rehúye el provecto de enviar a la Ciudad Eterna a un par de religiosos carmelitas, disfrazados y con nombres falsos, para tramitar la causa ante la Santa Sede. Si bien el castigo de Gracián incluye el precepto de incomunicación epistolar con la Fundadora, ésta se sirve de doña Juana Dantisco, madre de aquél y amiga suya, para mantener activo el contacto.
Al fin, queda casi sola en la brecha. Pero obtiene un desenlace feliz. El nuncio Sega se deja doblegar, sin humillaciones ni retractaciones por su parte. Y de Roma viene la decisión de erigir en provincia religiosa todas las casas de monjas y de frailes fundadas por iniciativa la Madre.Caravaca
Ocurría esto a principios de 1581. En Alcalá de Henares, a la sombra de la Universidad y bajo la presidencia de un Comisario Pontificio, el dominico Juan de las Cuevas, se reunía el 3 de marzo el Capítulo de separación. Se elegía Provincial a Gracián —el candidato de la Madre— y, entre los consejeros provinciales, a fray Juan de la Cruz. A la vez, se normalizaba el régimen de toda la familia teresiana, promulgando Constituciones para los Descalzos y reelaborando las Constituciones de la Santa para los carmelos.
Ella, entre tanto, realizaba la fundación de una casa más en Palencia, pero con la mirada tensa sobre los reunidos en Alcalá. De este acontecimiento dejaría constancia al escribir la historia del carmelo palentino:

«Estando en Palencia, fue Dios servido que se hizo el apartamiento de los Descalzos y Calzados, haciendo provincia por sí que era todo lo que deseábamos para nuestra paz y sosiego… Ahora estamos todos en paz, Calzados y Descalzos: no nos estorba nadie a servir a nuestro Señor… Ahora comenzamos…».

Se había apresurado a comunicarlo con alborozo a su querida priora de Sevilla: «Ahora, mi hija, puedo decir lo que el santo Simeón, pues he visto en la Orden de la Virgen nuestra Señora lo que deseaba».
Sí, era el desenlace victorioso. Pero algo había cambiado en el fondo de las cosas. Al organizarse jurídicamente aquella mesnada de seguidores de la Madre, el timón pasaba definitivamente a manos de un hombre: Gracián.