Skip to content

Capítulo 3º

Santa Teresa de Jesús
Madre de Espirituales

P. Tomás Álvarez de la Cruz, o.c.d.

Cap. III

Desde la doble crisis:
colapso físico y derrota espiritual.

El monasterio de la Encarnación es «el hogar espiritual de Santa TeresaÁvila». En él renace. Lo recordará ella con regusto al escribir su autobiografía y volver la mirada sobre el portón de entrada, el noviciado, la profesión, los días felices del estreno… «Estaba tan puesta en ganar bienes eternos, que por cualquier medio me determinara a ganarlos. Y espántome, porque aún no tenía —a mi parecer— amor de Dios…, sino una luz de parecerme todo de poca estima lo que se acaba y de mucho precio los bienes que se pueden ganar con ello, pues son eternos».
«Dábanme deleite todas las cosas de la religión, y es verdad que andaba algunas veces barriendo en horas que yo solía ocupar en mi regalo y gala, y acordándoseme que estaba libre de aquello, me daba un nuevo gozo».

Comenzó así su año de espera: «depuestas y quitadas las vestiduras superfluas o pomposas, use vestiduras simples y honestas», le exigía la Constitución, que prescribía además: «ninguna sea recibida al hábito de la Orden hasta tanto que primero sea exercitada por un año en la escuela de las instituciones religiosas y del servicio divino».

Transcurrido ese primer año, Teresa toma el hábito del Carmelo. La priora de casa le «aseñala… una maestra diligente y sabia que la enseñe en cosas de la Orden y la despierte y haga velar en la doctrina de la Iglesia… y lo que ha de orar…, y que deponga y quite las costumbres del siglo en el gesto y en el parecer y en el andar y en el hablar y en el mirar, según la doctrina del Apóstol que dice: «quitad de vosotros el viejo hombre según vuestra antigua conversación, y renovaos en el espíritu, y vestíos de nuevo hombre», el cual según Dios es criado en justicia y sanctidad trayendo la mortificación de Jesucristo en vuestro cuerpo». (Constituciones de la época).

Al comenzar el noviciado, ya don Alonso se ha rendido a los deseos de Teresa. Y te firma una espléndida carta dotal a 31 de octubre de 1536, «habida consideración a ser la dicha doña Teresa hija de nobles padres».

Aparte rentas y herencias, la carta de dote nos acerca al atuendo personal de la novicia, a quien don Alonso «ha de dar una cama para la dicha doña Teresa, que tenga
una colcha e unos paramentos de raz e una sobrecama, e una manta blanca, e una frazada, e seis sábanas de lienzo, e seis almohadas, e dos colchones, e una alfombras, e dos cogines, e una cama de cordeles. E vestir a la dicha doña Teresa de los vestidos e hábitos necesarios para su entrada y profesión: en que le ha de dar para todos hábitos, uno de belarte y otro de ventidoseno; e tres sayas, una de grana, e otra blanca e otra de Palencia; e dos mantos, uno de grana e otro de estameña; e un zamarro, e sus tocados, e camisas e calzado y los libros, como se da a las otras religiosas».

El mismo año en que entra Teresa en la Encarnación, también su hermano Rodrigo, el de la fuga a tierra de moros, había abandonado el hogar, rumbo al Río de la Plata, en el cono meridional de las Indias, tras haber renunciado a su legítima en favor de Teresa. Ahora (1536) Teresa renuncia a esos bienes en favor de su hermana menor, Juana de Ahumada.

Un año después (3-11-1537), doña Teresa pronuncia de una vez para siempre sus votos religiosos. Se estremece toda al recordarlo: «Cuando recuerdo la manera de mi profesión y la gran determinación y contento con que la hice y el desposorio que hice con Vos…, esto no lo puedo decir sin lágrimas».

Contaba 22 años. Debía seguir otros cuatro más, atenta a «las correcciones y amonestaciones de la maestra», en compañía de las jóvenes novicias y profesas que siguen afluyendo a la Encarnación. Pero aquel idilio se cortó en seco. La daga de una enfermedad fulminante va a tronchar la juventud de Teresa y la dejará marcada para toda la vida.

En otoño de 1538 sale del convento. Va a Castellanos de la Cañada, donde su hermana María y una monja carmelita le hacen de enfermeras. En abril se traslada a Becedas, en plena serranía abulense. Allí cae en manos de una curandera fatal. Teresa conserva de aquellas jornadas un recuerdo dolorido y vivaz:

«Estuve casi un año por allá, y los tres meses de él padeciendo tan grandísimo tormento en las curas que me hicieron tan recias, que yo no sé cómo las pude sufrir; y, en fin, aunque las sufrí, no las pudo sufrir mi sujeto…».
«Estuve en aquel lugar tres meses con grandísimos trabajos, porque la cura fue más recia que pedía mi complexión. A los dos meses, a poder de medicinas me tenía casi acabada la vida, y el rigor del mal de corazón de que me fui a curar era mucho más recio, que algunas veces me parecía que con dientes agudos me asían de él, tanto que se temió era rabia. Con la falta grande de virtud —porque ninguna cosa podía comer, si no era bebida, de grande hastío—, calentura muy continua, y tan gastada, porque casi un mes me había dado una purga cada día, estaba tan abrasada, que se me comenzaron a encoger los nervios con dolores tan incomportables, que día ni noche ningún sosiego podía tener: una tristeza muy profunda».
«Con esta ganancia me tornó a traer mi padre adonde tornaron a verme médicos: todos me desahuciaron, que decían sobre todo este mal, decían que estaba hética. De esto se me daba a mí poco; los dolores eran los que me fatigaban, porque eran en un ser desde los pies hasta la cabeza; porque de nervios son intolerables, según decían los médicos, y como todos se encogían, cierto si yo no lo hubiera por mi culpa perdido era recio tormento».
«En esta reciedumbre no estaría más de tres meses, que parecía imposible poderse sufrir tantos males juntos. Ahora me espanto y tengo por gran merced del Señor la paciencia que Su Majestad me dio, que se veía claro venir de El…».santa_teresa_de_jesus_139
«Vino la fiesta de nuestra Señora de Agosto, que hasta entonces desde abril había sido el tormento, aunque /os tres postreros meses mayor. Di prisa a confesarme, que siempre era muy amiga de confesarme a menudo. Pensaron que era miedo de morirme y, por no me dar pena, mi padre no me dejó. ¡Oh amor de padre demasiado…! Diome aquella noche un paroxismo que me duró estar sin ningún sentido cuatro días, poco menos. En esto me dieron el sacramento de la Unción y cada hora o momento pensaban expiraba y no hacían sino decirme el Credo, como si alguna cosa entendiera. Teníanme a veces por tan muerta, que hasta la cera me hallé después en los ojos,,.
«Quedé de estos cuatro días de paroxismo de manera que sólo el Señor puede saber los incomportables tormentos que sentía en mí; la lengua hecha pedazos de mordida; la garganta, de no haber pasado nada y de la gran flaqueza, que me ahogaba, que aún el agua no podía pasar; toda me parecía estaba descoyuntada; con grandísimo desatino en la cabeza; toda encogida, hecha un ovillo, porque en esto paró el tormento de aquellos días, sin poderme menear, ni brazo ni pie ni mano ni cabeza, más que si estuviera muerta, Si no me meneaban; sólo un dedo me parece podía menear de la mano derecha. Pues llegar a mí no había cómo, porque todo estaba tan lastimado que no lo podía sufrir. En una sábana, una de un lado y otra de otro me meneaban».

Así regresa a la Encarnación. Joven e inmóvil. «Estar así me duró más de ocho meses. El estar tullida, aunque iba mejorando, casi tres años». De los 24 a los 27, en el crisol de la enfermería o de la inmovilidad. Años pasados «con gran alegría», asegura Teresa, en desquite de la «tristeza muy profunda» que se había abatido sobre ella en Becedas.

En total habían sido cinco años decisivos. La enfermedad quebró el cuerpo de Teresa, pero dio temple y reciedumbre al espíritu. La inmunizó contra sentimentalismos y estilos quejumbrosos: «por grandísimos trabajos» que tenga —asegura ella más adelante— «no me acuerdo haber dicho palabras de aflicción, que no soy nada mujer en estas cosas, que tengo recio corazón». En Becedas, el encuentro con el pobre sacerdote de la aldea fue para la joven profesa una experiencia desconcertante y luminosa. Pero, sobre todo, Teresa en la Encarnación ha encontrado el Carmelo. La riqueza de una tradición espiritual, la inspiración y piedad mariana del grupo, todo un estilo de entender la vida religiosa y la relación personal con Cristo, el empalme con los orígenes históricos y legendarios del Monte Carmelo en clima bíblico…, han hecho que Teresa renaciese de verdad en el nuevo hogar. Ahora es carmelita como ella gustará firmar en sus cartas.

El paso decisivo: convertirse.

Para renacer hay que morir. Teresa ha pasado una de esas experiencias de muerte y renacimiento. Primero, tres días de muerte clínica. Luego, tres años desatándose de la «perlesía». Crisol y callejón que ella hubo de atravesar para acendrar su físico, para apurar y robustecer el espíritu.

Sin embargo, no le bastó. Teresa tuvo que atravesar otro proceso de muerte. Muerte en el alma, para llegar a reflorecer y dar fruto. Como en el texto evangélico: «si el grano de trigo que cae en tierra y no muere, no da fruto». Cuando Teresa analice más tarde esta segunda crisis de su vida, desde la altura de sus 62 años, la condensará en un símbolo: el gusano de seda, que desaparece en el capullo, para renacer en mariposa. «Gusano», «gusanillo tan vil», «gusanillo que así se os atreve, Señor», «gusanillo de mal olor»…; Teresa no duda en llamárselo a sí misma, desde su condición de mariposa en vuelo. Hubo algo de rastrero en un primer período de su vida. Hasta que ella murió y renació en la mariposa alada que es ahora.

Los hechos se sucedieron así: Hacia los 28 años, Teresa abandona la enfermería y se reincorpora a la vida conventual. Las lecturas, las horas de soledad e inmovilidad y su fervor juvenil la habían introducido en el mundo de la oración. Castilla y Andalucía, España entera, vivían un intenso momento oracionista. La llamada al «cristianismo interior», a la «oración y meditación» personal, era levadura en fermento de todo grupo religioso y corriente que atravesaba todos los estratos de la sociedad: desde el arzobispo Carranza hasta las «mujeres de carpinteros» que leen los textos del Padre Granada.

Esa semilla prendió en el alma de Teresa con fulgurantes resultados iniciales…, hasta hacerle gustar las mieles de la «oración de unión». Pero, tras la llamarada primera, se le cubrió el alma de ceniza. Y de dificultades. Ella misma las enumera: no tiene maestro de oración que la guíe, y «gran mal es un alma sola entre tantos peligros»; no es capaz de hacer oración «meditando», porque ella no tiene talento discursivo, y sí tiene, en cambio, a «la loca de la casa» —la imaginación— a las puertas del alma. La imaginación es un taller de distracciones que no la dejan recogerse dentro de sí para tratar con Dios.

Pero en realidad no son las distracciones de la imaginación su escollo de fondo. Es ella misma la «distraída». Vive «divertida», dirá con toda la fuerza semántica del término. Su vida es distracción, porque Teresa se ha abierto realísticamente a un tren de vida y a unas amistades mundanas que le roban el tiempo y le desangran el alma.

Por fin sucumbe. Abandona la oración y afloja en la vida religiosa, hasta resignarse a vivir «como las muchas», es decir, como una más entre las casi doscientas que pueblan el monasterio. Es la derrota. Una forma de muerte. Durante más de un año, su cuenta espiritual anda en números rojos. En esa psicosis de derrotada la sorprende la muerte de su padre don Alonso, desgracia que le cruza el alma como un golpe de fusta en plena modorra. Teresa se rehace y reanuda la vida de oración. Pero en pleno desierto. «Sin una gota de agua» de devoción. Con qué fuerza dirá ella más adelante que la oración es «agua viva» para el huerto o para la sed del alma…

Siguen todavía diez largos años de lucha tenaz. «Quisiera yo saber figurar la cautividad que en estos tiempos traía mi alma…». «Deseaba vivir, que bien entendía que no vivía, sino que peleaba con una sombra de muerte, y no había quien me diese vida, y no la podía yo tomar; y quien me la podía dar tenía razón de no socorrerme, pues tantas veces me había tornado a sí, y yo dejádole».

En ese clima cruzado de luz y de sombras, de brega y derrotas, sobreviene de improviso el hecho decisivo: la conversión de Teresa. Cambio o superación, rebase de una barrera misteriosa. No es un episodio fulminante que se clave como una cuña en la madera de la vida, sino como un paso de sifón que dura años: proceso de muerte y resurrección.

Los momentos más salientes del proceso se jalonan así en el relato de Teresa:
– Un día, en plena experiencia de impotencia y de derrota, Teresa se encuentra, casualmente, cara a cara con una imagen de Cristo en un paso de su Pasión. «Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal… Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe él con grandísimo derramamiento de lágrimas». Era un estremecimiento de todo su ser. Lo necesitaba para dar a su vida cristiana un centro de gravedad. «Creo, cierto, me aprovechó, porque fui mejorando mucho desde entonces».Santa_Teresa_de_Jesus_45
– Poco después, Teresa lee las Confesiones de San Agustín. Le produce un fuerte impacto la página en que el santo africano cuenta su conversión. Como si en Teresa desencadenase un proceso de identificación o un mecanismo de empatía con Agustín. «Paréceme me veía yo allí… Cuando llegué a su conversión y leí cómo oyó aquella voz en el huerto, no me parece sino que el Señor me la dio a mí, según sintió mi corazón».
– En lucha tenaz por aclararse la maraña afectiva de dependencias y amistades profanas que la retienen, Teresa toca por primera vez el fondo de sí misma: «fue la primera vez que el Señor me hizo esta merced de arrobamientos». Y siente modularse dentro una palabra liberadora: «Entendí estas palabras: ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles».
– Por fin —ahora sí— el hecho decisivo. Teresa siente a Cristo en su vida. La presencia de Él emerge desde lo hondo, se hace neta y concreta en un primer plano de su experiencia religiosa y queda inscrita en la conciencia como algo ineludible e insoslayable. Como para San Pablo en el camino de Damasco, el hecho nuevo no es algo vago y vaporoso: tiene data precisa —fue «un día del glorioso San Pedro»: 29 de junio de 1560— y lleva el refrendo de la palabra bíblica del Resucitado: «Yo soy, no hayas miedo».

Los profetas bíblicos nacen también así, en un momento de irruente presencia de Yavé o de Cristo. Teofanía o Cristofanía que los cambia, como a Moisés o a Pablo. También Teresa se siente cambiada. «Es otro libro nuevo de aquí adelante -escribe-. Digo otra vida nueva. La de hasta aquí era mía. La que he vivido desde que comencé a declarar estas cosas de oración, es que vivía Dios en mí, a lo que me parecía. Porque entiendo yo era imposible salir en tan poco tiempo de tan malas costumbres y obras. Sea el Señor alabado, que me libró de mí».

Ya al acercarse a esta nueva franja de la narración de su vida, Teresa había interrumpido el relato para sumergirse en uno de sus conmovedores soliloquios, de cara a Dios: «Sea bendito por todo y sírvase de mí, por quien Su majestad es. Bien sabe mi Señor que no pretendo otra cosa en esto (en el relato de su vida de renacida), sino que El sea alabado y engrandecido un poquito, de ver que en un muladar tan sucio y de mal olor hiciese huerto de tan suaves flores. Plega a El que por mi culpa no las torne yo a arrancar, y se torne a lo que era».

Contaba Teresa, al llegar a esa cima de su vida, 45 años. Sólo ahora va a comenzar el profundo sentido de su existencia, en una espléndida granazón de experiencia mística. Y sólo ahora comienza su doble misión de escritora y fundadora. Como en el caso de Pablo, tras el encuentro con Jesús en el camino de Damasco.

Experiencia mística:
Historia de salvación.

Teresa misma nos lo ha advertido: en un cierto punto de su itinerario comienzan otro libro y otra vida. Otro plano de narración, con paisaje diverso y cauce más profundo.

Escribiendo su autobiografía, Teresa distingue dos planos. Uno epidérmico, el de los episodios más o menos externos, a veces dramáticos, pero flotantes en el entorno de la protagonista que es ella. Otro profundo y determinante, que marca el rumbo y da el sentido de lo vivido, en el plano profundo de la persona y de la vida.

Para ella, esa zona de su yo profundo tiene calado religioso. Dios anda implicado en ese más profundo estrato del ser. Ella da un sesgo especial a su autobiografía: historia de su persona e historia relacional compartida por «Dios y ella solos», como si Dios y ella solos llenasen ese mundo.

Por eso la biografía de Teresa, en un preciso punto de la marcha, se vuelve historia religiosa, como la «historia sacra» de la humanidad contada en la Biblia. De ahí el temblor religioso que frecuentemente se apodera de la pluma teresiana cuando se acerca a ese recinto y empieza a narrar: «¡Oh gran Dios, parece que tiembla una criatura tan miserable como yo de tratar cosa tan ajena de lo que merezco entender!» (Moradas 7, 1-2).

Imposible tocar esa franja del relato biográfico sin compartir el estremecimiento de Teresa. De hecho, en ese terreno sólo ella puede ser fuente de información. Contó su itinerario interior varias veces. Primero, para analizarlo y confesarlo en una narración confidencial: Vida. Luego, en una exposición orgánica y complexiva, para dar la síntesis del camino interior desde la altura del desenlace: en las Moradas. Y a media distancia entre ambos relatos, innumerables veces en brevísimas instantáneas que fijan sobre el papel una vivencia reciente: así, en las Relaciones.

Espigando en esas páginas, señalemos los hitos que jalonan el camino interior o la experiencia mística de Teresa:

1. Hay un primer momento en que ella se sensibiliza, de una nueva manera, a la presencia de Dios en su vida. Como si le hubiese surgido un sexto sentido religioso. Es el umbral de la experiencia mística de Teresa: «Acaecíame… venirme a deshora un sentimiento de la presencia de Dios, que en ninguna manera podía dudar que estaba dentro de mí o yo toda engolfada en Él» (Vida 10, 1).
2. Era entrar en el plano de deslizamiento que la llevaría suavemente hacia un nuevo centro de gravedad: Él. El nuevo sentimiento pasa a ser certeza absoluta y tangible de que Dios está ahí, en cada cosa. Pero, sobre todo, en ella: «Como una esponja que embebe el agua en sí». Es un vuelco tan fuerte en la percepción de la realidad, que Teresa tiene que recurrir a un teólogo que se lo refrende y le declare cómo es ese «estar presente (Dios) y cómo se comunica con nosotros». De este modo, pasa del umbral místico a la alta mar de la experiencia: la unión con Dios.
santa_teresa_de_jesus_1213. Sigue un intervalo de purificaciones. Dios es fuego devorador. Teresa, siempre tan desbordantemente afectiva, siente ahora pasar su afectividad por ese fuego. Desde la liberación de los amores humanos esclavizantes hasta ese misterioso rito del «dardo» hincado en el corazón, contado por ella en el capítulo 29 de su libro. Y con esa purificación del amor se empareja la tensión de su esperanza. En espera de Cristo, Teresa se siente en sintonía con la experiencia cristológica de San Pablo, «ansioso por morir para encontrarse con Cristo» (FIp 1, 13). «Me acuerdo infinitas veces de lo que dice San Pablo -aunque a buen seguro que no sea ansí en mí-, que ni me parece vivo yo, ni hablo, ni tengo querer, sino que está en mí quien me gobierna y da fuerza, y ando como casi fuera de mí, y así me es grandísima pena la vida. Y la mayor cosa que yo ofrezco a Dios por gran servicio, es cómo siéndome tan penoso estar apartada de El, por su amor quiero vivir». Se verá forzada a cantarlo en versos, que más adelante serán glosados también por San Juan de la Cruz:
Vivo sin vivir en míSanta_Teresa_de_Jesus_44
y de tal manera espero
que muero porque no muero.

4. Más adentro es «la espesura» del misterio de Cristo. Teresa recorre desde la experiencia el misterio del Cristo Pascual, su presencia en la vida de los hombres, su eucaristía, su palabra. Se le despierta una especial sensibilidad hacia la Iglesia y las cosas de los hombres. Los «grandes males» de aquélla y la quiebra de la unidad de los cristianos, consumada entonces en las guerras de religión que asolan a Europa.
5. El paso definitivo que la introduce en el estadio final de su camino interior está vinculado a la persona de San Juan de la Cruz. Fue en noviembre de 1572. Ella es priora del monasterio de la Encarnación, y fray Juan es director espiritual de la comunidad. Al recibir de manos de éste la comunión, el rito sacramental se desplaza al interior de Teresa y desencadena en lo hondo otro rito místico que vincula definitivamente la existencia y la persona de la santa al misterio de Cristo. Así lo cuenta ella: «Estando en la Encarnación, el segundo año que tenía el priorato, estando comulgando, partió la forma el padre fray Juan de la Cruz, que me daba el Santísimo Sacramento, para otra hermana. Yo pensé que no era falta de forma sino que me quería mortificar, porque yo le había dicho que gustaba mucho cuando eran grandes las formas… Díjome su Majestad: «No hayas miedo, hija, que nadie sea parte para quitarte de mí», dándome a entender que no importaba. Entonces representóseme por visión imaginaria… muy en lo interior, y diome su mano derecha, y díjome: «mira este clavo, que es señal que serás mi esposa desde hoy. Hasta ahora no lo habías merecido. De aquí adelante no sólo como criador y como rey y tu Dios mirarás mi honra, sino como verdadera esposa mía. Mi honra es ya tuya y la tuya mía»» (Relación 35). Ese sencillo episodio simbólico señalaba el culmen de una serie de vivencias que habían desarrollado la dimensión cristológica de la experiencia mística teresiana.
6. Y Cristo la introduce en el misterio de la Trinidad. A Teresa se le cumple la promesa del evangelio de Juan: «Si alguien me ama y guarda mis mandamientos, mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él». Ella misma testifica de este modo el cumplimiento de la promesa: «Aquí se le comunican todas tres Personas y la hablan y la dan a entender aquellas palabras que dice el Evangelio que dijo el Señor: que vendría El y el Padre y el Espíritu Santo a morar con el alma que le ama y guarda sus mandamientos. ¡Oh válgame Dios! Cuán diferente cosa es oír estas palabras y creerlas, a entender por esta manera cuán verdaderas son. Y cada día se espanta más esta alma, porque nunca más le parece se fueron de con ella, sino que notoriamente ve, de la manera que queda dicho, que están en lo interior de su alma, en lo muy interior, en una cosa muy honda, que no sabe decir cómo es, porque no tiene letras, siente en sí esta divina compañía» (Moradas 7, 1, 7).