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Capítulo 1º

Santa Teresa de Jesús
Madre de Espirituales

P. Tomás Álvarez de la Cruz, o.c.d.

Cap. I: Nace Teresa de Ahumada

Don Alonso Sánchez de Cepeda tenía en su bargueño un cuaderno de familia donde anotaba el nacimiento de sus hijos. En él se leía así:

«En miércoles, veinte e ocho días del mes de marzo de mil quinientos e quince años, nasció Teresa, mi fija, a las cinco horas de la mañana, media hora más o menos, que fue el dicho miércoles casi amaneciendo. Fueron su compadre Vela Núñez, y la madrina doña María del Aguila, fija de Francisco Pajares».

El hogar chico:
la casa de los Cepeda-Ahumada

En plena madurez humana, Teresa se para a contar su vida. La escribe en grandes folios amarillentos semidorados. En un rincón de su celda de carmelita. Bajo la ventana, sobre un saliente del muro, sentada ella en el suelo de ladrillo sobre los propios calcaños. Comienza el escrito evocando la niñez, el hogar, los primeros amores. Desde la atalaya de sus cincuenta años vuelve la mirada a «los seis o siete de edad», en que comenzó a despertarla el Señor.

Imagen1Es en Ávila. Ella escribe en el carmelo de San José, fuera de la muralla. Había nacido en el otro extremo de la ciudad, dentro del recinto amurallado. No lejos del muro y de una de sus puertas de salida. En el caserón de su padre, don Alonso. Espacioso, con patio, noria y huerta. Flanqueado de palacios. Y henchido de vida y de bullicio. Porque alberga a una familia numerosa: los padres, Alonso de Cepeda y Beatriz de Ahumada; los hermanos, que llegarán a ser doce, incluida ella. La servidumbre. Criados labriegos que van y vienen de Gotarrendura, donde la familia tiene casa de campo, tierras y palomar.

Teresa comienza evocando todo aquello con ternura: «El tener padres virtuosos y temerosos de Dios me bastara, si yo no fuera tan ruin…». En pocos trazos cincela el perfil de su padre: «Era de gran verdad. Jamás nadie le vio jurar ni murmurar. Muy honesto en gran manera». Y el de su madre, mucho más joven que don Alonso: mujer «de grandísima honestidad… De harta hermosura… Muy apacible y de harto entendimiento».

“Éramos tres hermanas y nueve hermanos». Aunque Teresa no lo dice, su padre estaba casado en segundas nupcias con doña Beatriz. Del primer matrimonio, con Catalina del Peso, había tenido a los dos mayores: María y Juan. María, la primogénita, era nueve años mayor que Teresa. La última de todas, Juana, trece años menor. Ella ocupaba un puesto central en la serie: precedida de Rodrigo (¿1511?) y seguida de Lorenzo (1519). Idolatrada por los mayores, le tocará hacer de madre de los últimos, especialmente de Juana, nacida varios meses antes de morir doña Beatriz y dos o tres años antes de que se casase la hermana mayor.
De pronto, Teresa quedará ama de casa, mujer de hogar. Un hogar poblado de varones, y de intensa vida afectiva. Que ella era la más querida de su padre: que a todos los hermanos tenía gran amor y a uno de ellos («casi de mi edad») era al que más quería; que su hermana María, ya casada, «era extremo el amor que me tenía», y que «su marido también me amaba mucho…», es el sartal de recuerdos que sobrenadan en el cuadro hogareño evocado por Teresa a los cincuenta años. Ella estrenó la vida en clima de amor, viático que no va a escasear en su alforja de andariega a lo largo del camino.
Otros recuerdos que ahora se agolpan en la pluma de Teresa, mientras escribe la primera página de su libro, son: que su padre era hombre de libros y los tenía de romance para que leyesen sus hijos. Que su madre era mujer de piedad cristiana. Enseñaba a rezar y a «ser devotos de nuestra Señora». Que ella y los hermanos jugaban. Jugaban incluso a ermitaños, y hacían ermitas «poniendo unas pedrecillas que luego se nos caían. Que en casa se hacía limosna a los pobres. También Teresa la hacía «como podía». Pero «podía poco». «Procuraba soledad para rezar». De su madre había aprendido el rezo del rosario, y lo rezaba a solas. «Gustaba mucho, cuando jugaba con otras niñas, hacer monasterios como que éramos monjas», y deseaba serlo, aunque no tanto…

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En ese sartal de recuerdos brillaban dos gemas de mayores quilates. Dos hitos que dominan el paisaje de la niñez y adolescencia de Teresa. El primero ha quedado prendido de sus lecturas. El segundo, de su orfandad.
Niña aún, se junta con el hermano preferido para leer, probablemente en el jardín de casa. Los dos hojean el «Flos sanctorum», el tebeo de entonces, con viñetas y relatos. A Teresa le impresionan las chicas: «las santas» que pasaron martirios. Leyendo y pensando, llega a un descubrimiento fulgurante («la verdad de cuando niña», dirá ella): que todo pasa (el axioma del filósofo griego), menos la vida. La vida dura para siempre. Se lo repiten el uno al otro los dos lectores: «para siempre, siempre, siempre. En pronunciar esto mucho rato, era el Señor servido me quedase en esta niñez imprimido el camino de la verdad».
Probablemente es desde la torre de ese descubrimiento desde donde Teresa emprende su fuga infantil, a tierra de moros, para ser descabezada por Cristo como las santas de los libros, pero arrastrando consigo al otro lector Rodrigo, a pesar del gran embarazo que era «tener padres». Hasta que por fin se convence de que «era imposible ir adonde me matasen por Dios».
El otro recuerdo fuerte es la pérdida de la madre: «Acuérdome que cuando murió mi madre quedé yo de edad de doce años, poco menos. Como yo comencé a entender lb que había perdido, afligida fuime a una imagen de nuestra Señora y supliquela fuese mi madre, con muchas lágrimas. Paréceme que, aunque se hizo con simpleza, que me ha valido; porque conocidamente he hallado a esta Virgen soberana en cuanto me he encomendado a ella».

 

El hogar grande:
hija de aquel siglo XVI

Teresa es ciudadana abulense. Ávila, aparentemente, es una ciudad medieval, clavada sobre la roca de la colina, fajada por el cinturón de la muralla, amagada bajo el peso glorioso del pasado. Unamuno la veía así:

«Cincha a la ciudad el redondo espinazo de sus murallas, rosario de cubos almenados, y como un cráneo, una calavera viva, la gloria mayor del rosario, en lo alto la fábrica de la catedral, cuyo ábside cobija recovecos de misterio interior, allí entre las bermejas columnas. Ciudad, como el alma castellana, dermatoesquelética, crustácea, con la osamenta coraza por de fuera, y dentro la carne, ósea también a veces. Es el castillo interior de las Moradas de Teresa, donde no cabe crecer sino hacia el cielo. Y el cielo se abre sobre ella como la palma de la mano del Señor».CCI27112014_0007

En realidad no es así. Ávila no está clavada en el pasado, ni en la roca, ni en el encierro de su muralla. Es ciudad en marcha. Abierta a los vientos que soplan aires nuevos y traen reclamos lejanos, no conocidos a lo largo del medioevo. Con línea de horizonte propia, que pasa por el corazón de Europa, por África y América.
Esa apertura de horizonte ensanchó, desde niña, los ojos de Teresa. Y de por vida siguió dilatándole el paisaje.
África es la «tierra de moros». Avanzadilla del poder turco. Con infiltraciones de moriscos en Levante y Andalucía, en Castilla, en la Moraña. Bastión hostil en lo espiritual, en lo político y en lo militar. Ahí sucumbirán trágicamente centenares de abulenses durante ese primer tercio de siglo en que Teresa se asoma al escenario humano. Para ella, África es paisaje cercano y lleno de reclamos: desde la fuga infantil con Rodrigo, hasta el envío de misioneros carmelitas al Congo, el último año de su vida.
América, «las Indias occidentales», se irá incorporando día a día al paisaje interior de Teresa. Adolescente precoz y emprendedora, cuenta doce o trece años cuando sabe que ha llegado a Toledo Hernán Cortés con su cortejo de conquistadores y de indios mejicanos, y la fama casi mitológica del imperio de Moctezuma se expande por Castilla. Los jóvenes abulenses que cortejan a Teresa ceden al hechizo de aquel mundo remoto. Y el hogar de don Alonso se vacía de varones. Uno a uno, prácticamente todos los hermanos de Teresa se embarcan para el mundo nuevo. En el caserón donde ella ha nacido quedará sola con su padre, con la hermanita Juana, con algún hermano en espera de zarpar y con la servidumbre. Será un hogar en que todos tienen el alma orientada hacia América.
Y el hogar de don Alonso es simple botón de muestra de lo que pasa en la ciudad, medio vacía también de jóvenes hidalgos. En Perú será Virrey don Blasco Núñez Vela. Su hermano Francisco, el padrino de Teresa, luchará al lado del Virrey y de cuatro hermanos de aquélla contra Pizarro, en la desventurada batalla de lñaquitos. De Quito y del Río de la Plata llegarán a la familia noticias tristes, las muertes de Antonio y de Rodrigo de Cepeda, el de la fuga a tierra de moros. Más tarde, cuando Teresa otee ya con ojos nuevos el horizonte americano, llegarán de las Indias misioneros fogosos, como Alonso de Maldonado, y noticias cruzadas de conquista y de evangelización. Hasta el último año de su vida, Teresa enviará cartas a la armada que zarpa de Sevilla, y tendrá el alma en suspenso ante el problema de América: problema de familia y problema cristiano.
Por fin, Europa. Teresa es ya «mujer europea». Paradójicamente, ha nacido cuando su padre está de regreso de la guerra entre Castilla y Navarra. Sus primeras emociones de infancia quedarán prendidas al recuerdo de la guerra en torno a Pamplona y Logroño (allí el episodio de Iñigo de Loyola) y de la precipitada marcha de infantes abulenses a las órdenes de Sancho Sánchez Cimbrón.
Pero bien pronto dos piezas nuevas se instalarán en el encasillado ideal de Teresa: Francia, como antesala de Europa; y Carlos V, el emperador europeo que de pronto aterriza en Castilla y en la misma ciudad de Ávila.
Fue el último año pasado por Teresa intra muros de la ciudad, ya en vísperas de hacerse monja, cuando el Emperador hizo su entrada triunfal en Ávila (1534). Contaba ella 19 años. El impacto producido en su imaginación juvenil por el fasto de la Corte y la conmoción de todos los estamentos ciudadanos y provincianos hubo de ser profundo.
De hecho, la vida entera de Teresa se va a desdoblar en dos grandes jornadas, que coincidirán (casi materialmente), la primera con el período imperial, y la segunda con el relevo en el mando de la nación por Felipe II. Al compás de los dos monarcas, dos generaciones que se turnan, con rasgos y alma contrastantes. La entrada en escena del Emperador coincide con la niñez de Teresa. Surge entonces una generación que hereda la sementera cultural, religiosa y política de la reina Isabel y del regente Cisneros. Momento en que el mundo, incluso el mundo castellano, ensancha sus fronteras por oriente y occidente: Oceanía y México. Psicosis de grandeza, expansión y optimismo. En ese clima nace y crece ella. Los libros de esa primera mitad de siglo le servirán el pan de la cultura. Esa apertura de horizontes, la presencia de Europa en Castilla, el anhelo de universalidad, le modelarán la persona, los ideales, el alma.
Hasta que llegan los años de la conversión definitiva, cuando ella frisa en torno a los cuarenta. El Emperador, en pleno ocaso, se retira a Yuste, no muy lejos de Ávila. Con Felipe II sobreviene la nueva generación de hombres acosados, clima político y religioso en tensión, psicosis de riesgo y autodefensa violenta: autos de fe, quema de libros de la generación anterior, auge de la Inquisición, crispación ante episodios escandalosos e irreparables, como la prisión del arzobispo de Toledo, Carranza, y éxodo de intelectuales.
Sucesos que Teresa vivirá como quemaduras en carne viva, y que en cierto modo marcarán el ritmo de su marcha a lo largo de ese siglo: ella será hija de la primera generación, la imperial. Y tendrá que actuar, pensar, escribir y luchar en el clima y espacio de la generación segunda, angustiosamente conflictiva.

 

¿Hija de neo-conversos?
Ante una posible marginación social

Teresa es hija de una familia cristiana y de una sociedad conflictiva.
Los historiadores teresianos de antaño se perdían por la enramada de su árbol genealógico. A nosotros hoy nos interesan más los hechos. Y en la historia familiar de Teresa hay uno importante. Es un episodio escalonado. Comienza en el abuelo paterno. De rebote alcanza a don Alonso y sus hermanos. Y colea en la historia de Teresa misma, a partir de esos años de infancia en que ella «se despertó» a la vida, y de los que su memoria archivó recuerdos palpitantes, grabados a cincel.
Ocurrió entre los cuatro y los ocho años de la niña. El 6 de agosto de 1519 los pecheros de una aldea abulense impugnan por falsedad el título de hidalguía de don Alonso y de sus tres hermanos, título que los ponía a cubierto de ciertas pechas, tasas y tributos. Eran los aldeanos de Hortigosa de Rialmar, secundados luego por los de Majalbálago, los promotores de la denuncia. Los asistiría, a partir del 23 de noviembre, el fiscal del Rey, doctor Villarroel.
Contra la denuncia, hecha en aparatosa forma oficial, don Álvaro y sus hermanos Pedro, Ruy y Francisco confían el pleito a su procurador Pedro Gigante, para cursarlo demandando justicia ante el tribunal de Alcaldes de Hijosdalgos, que convalide el título de hidalguía.
Sólo que, desde el primer momento, tercia en el pleito una noticia que enturbia las cosas. El fiscal regio alega ante el tribunal que los cuatro encausados son «fijos de pechero, e que se llaman Cepeda por abolengo de madre», y que «me han dicho que allí (en Toledo, el padre de los cuatro) hizo cierta reconciliación y penitencia ante los inquisidores de la dicha ciudad».
Tirando por el hilo de ese rumor, la comunidad de hombres buenos pecheros de la ciudad de Ávila obtiene provisión real para que el Santo Oficio de Toledo averigüe y certifique ese extremo: «que luego que con esta nuestra carta fuereis requeridos, busquéis en los libros e registros de ese santo oficio si los dichos Juan Sánchez de Toledo ya defunto, e el bachiller su hijo, vezinos que fueron de la dicha ciudad, o alguno dellos fueron e son reconciliados, e si lo son o fueron, deys a la parte de la dicha comunidad un traslado de la sentencia o sentencias con los autos…, signado con vuestro signo en pública forma, en manera que faga fee, cerrado e sellado…».

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«Concertábamos irnos a tierra de moros, pidiendo por amor de Dios, para que allá nos descabezasen. Y paréceme que nos daba el Señor ánimo en tan tierna edad» (Vida 1, 4)

Se llega así a lo vivo del proceso, con las probanzas alegadas por los tres actores principales: el fiscal regio, los testigos aducidos por los pecheros, y los testigos a favor de los cuatro hidalgos. El fiscal no parece haber obtenido los solicitados «traslados de la sentencia o sentencias» con los respectivos autos. Pero ha logrado el testimonio de dos testigos toledanos y el acta de registro de reconciliados en que figura el nombre de Juan de Toledo, documentación que presenta al tribunal el 1 de agosto de 1520. Los testigos son Pedro de Cepeda y Enrique Hamusco, sobrinos del mencionado Juan de Toledo, abuelo de Teresa. El acta de registro data de «22 días del mes de julio de 1485, y está tomada de un libro «intitulado Repertorio de las personas reconciliadas en la ciudad y arzobispado de Toledo».
De su parte, los pecheros presentan un cuestionario por el que serán interrogados los testigos. Ha sido elaborado en la ciudad de Ávila y consta de siete preguntas. Una de ellas formulaba así el problema candente: «Yten, si saben… que el dicho Pedro Sánchez e sus hermanos son conversos e descienden de judíos por parte de padre e abuelo…».
Don Pedro, don Alonso y sus dos hermanos lograron sentencia favorable el 16 de noviembre de 1520. Apelada por el fiscal regio y los pecheros, la sentencia fue ratificada sustancialmente dos años después (26 de agosto de 1522), y definitivamente confirmada y aceptada por los cuatro hidalgos el año siguiente (16 de noviembre de 1523), seguida de la anhelada «carta ejecutoria» a favor de la hidalguía de los cuatro hermanos Cepeda.
Aquello, sin embargo, había sido menos que una pírrica victoria. A lo largo de todo el siglo, las ejecutorias de hidalguía seguirían comprándose con dinero contante y sonante. Ni las denuncias de los nobles, ni el reclamo constante de las Cortes (por ejemplo, las cortes de Madrid de 1563, de 1578, de 1592) lograrían frenar el ritmo de compraventa de títulos nobiliarios. Pero, sobre todo, el pleito había dejado al descubierto los hechos de 1485: don Juan, el padre de esos «hidalguillos de gotera», se había reconciliado públicamente ante la Inquisición. Él y sus hijos eran, por tanto, un clan de conversos. Con todas las consecuencias de marginación social que tal mácula comportaba en las tablas de valores de aquella sociedad clasista y puntillosa.
Al lector del siglo xx no le es fácil abarcar con la mirada lo que ese detalle pesaba en el cuadrante de la marginación. Ni le es fácil imaginar la conmoción producida en la familia por los avatares del pleito, dolorosamente prolongado durante cuatro años.
Cuando quedó zanjado, Teresa contaba ocho años cumplidos. No parece verosímil que todo aquello le pasase inobservado. Pero el problema de fondo para la historia y para el alma de Teresa es otro: ¿Qué huella dejaron aquellos hechos en su persona, en su religiosidad, en su postura y capacidad de inserción en la sociedad?
De improviso, parece agigantarse la figura avasalladora de esta mujer. ¿Cómo le fue posible abrirse paso y realizar su gesta de fundadora y escritora, desde los complejos clasistas y el agobio de esa marginación sociológica y religiosa?
Y sin embargo, no es por ahí por donde se crece su talla, ni será ése el yunque en que se forje el temple de Teresa. A lo largo de su vida, ni una sola vez evocará ese hecho familiar. Ni expresamente ni de soslayo aludirá a sombras o posibles derivaciones sobre su persona o su actividad o su ideología. Y ello no porque esa zona peligrosa le amordace la lengua o ponga freno a su libertad de acción o a su espontaneidad y franqueza verbal. Teresa no tendrá complejo de marginada. No pondrá pegas a los títulos de hidalguía alegados por sus hermanos, en Castilla o en América. Será capaz de denunciar la vacuidad y el servilismo de los pergaminos y blasones nobiliarios. Humorizará a propósito de los «negros puntos de honra» que esclavizan a la sociedad de su tiempo. Repartirá amistad, indistintamente y con profusión, entre la nobleza —los de limpia sangre—, los mercaderes y los neo-conversos marginados. Incluso entre sus grandes amigos figurará uno que, por desgracia, será enemigo encarnizado de judaizantes y neo-conversos, el portugués don Teutonio de Braganza, hombre de la casa real de Portugal, que en vida de la Santa llegará a ser Arzobispo de Évora y, más tarde, primer editor de los escritos teresianos.
Y sin embargo, ahí quedaba colgando ese jirón del drama familiar. Los dos hechos que habían marcado por igual el hogar y el paso de Teresa por la niñez y la adolescencia fueron, sin duda, ese penoso pleito de familia y la muerte de doña Beatriz.