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Capítulo 2º

Santa Teresa de Jesús
Madre de Espirituales

P. Tomás Álvarez de la Cruz, o.c.d.

Cap. II
Teresa se hace mujer

«Ser la más querida»

Teresa perdió a su madre a los 13 años cumplidos. Dos años después se casaba su hermana mayor con don Martín de Guzmán y Barrientos, y con él fundaba hogar en Castellanos de la Cañada, a varias leguas de Ávila. Poco después, también Teresa abandona el hogar. Su padre la acompaña al colegio de Santa María de Gracia, donde ella engrosa el grupo de doncellas pensionistas que se educan bajo la dirección de las monjas agustinas; un colegio que está asentado sobre la pendiente de la colina berroqueña, al reborde exterior de la muralla, no muy lejos de la casa de don Alonso. Allí cumplirá Teresa sus 16 años.
Tras unos meses de internado («estuve año y medio en este monasterio», dice ella), su salud se resiente. Abandona el colegio y viaja a casa de su hermana María, en Castellanos de la Cañada, pasando por casa de su tío don Pedro, en Hortigosa. No es la primera vez que viaja por los recios caminos provincianos de Ávila. Teresa ha ido con frecuencia a Gotarrendura, donde la familia posee casa de solaz y tierras de sembradío. Conoce el campo, sabe tratar a los labriegos, se interesa por el palomar, le gusta alternar entre la ciudad y la aldea.
Pero es en la ciudad donde estalla el hervor de su adolescencia, el paso a la juventud y la entrada en la fantástica región del amor. Al evocar y narrar todo eso desde la altura de sus cincuenta años (capítulo segundo de su libro), Teresa pone algo de amargor en los recuerdos. La travesía de aquellos años no fue limpia como ella quisiera ahora. Interrumpe el relato para decírselo a Dios: «Oh Señor mío… ¿no tuvierais por bien que no se ensuciara tanto posada adonde tan continuo habíais de morar?».Murallas 1
En realidad, fue toda una suerte para ella ese descubrimiento tempranero del amor en la gavilla de primos que la cortejan y le sirven galanterías en bandeja. Cuenta ella: «Comencé a traer galas y a desear contentar en parecer bien, con mucho cuidado de manos y cabello y olores y todas las vanidades que en esto podía tener, que eran hartas, por ser muy curiosa. No tenía mala intención…», pero se sentía rica en «gracias de naturaleza… que, según decían, eran muchas».
Pese al sombreado con que Teresa endurece el relato, se ve precisada a reconocer que aquello era sano y bien encaminado: porque «era el trato –escribe- con quien por vía de casamiento me parecía podía acabar bien; e informada de con quien me confesaba y de otras personas en muchas cosas, me decían no iba contra Dios».
El amargor de los recuerdos lo destilan, en realidad, dos detalles marginales: el moralismo de su padre don Alonso y el turbio coqueteo de una amiga. Don Alonso peca de puritano, esclavo de (a honra, encorsetado en su rigorismo de caballero y de castellano viejo. Ya doña Beatriz se veía precisada a esquivar su mirada para leer libros de caballerías. También Teresa tiene que actuar a escondidas. A contrapelo de su innato amor a la verdad. No puede renunciar a «ser la más querida de su padre». Y ese doble juego le produce el enredo interior. Se lo confesará también a su Dios: «que con haberme Vos dado natural de aborrecer el mentir, yo misma me hice tratar en muchas cosas mentira».
Peor lo de la amiga. Es prima de Teresa. Chica «de tan livianos tratos —escribe— que mi madre la había mucho procurado desviar que tratase en casa», sin conseguirlo. «Me parece me imprimía sus condiciones ella y otra que tenía la misma manera de pasatiempos». Ahí el amargor de boca. Hasta que, por fin, don Alonso dio el corte neto e internó a Teresa en el colegio de Santa María de Gracia.
Fue un corte sangrante. Pero Teresa lo recuerda sin resentimiento, en clave de amor: «Era tan demasiado el amor que mi padre me tenía y la mucha disimulación mía…». Y como si para ella los vacíos afectivos no fueran posibles, inmediatamente empalma nueva amistad. Ahora es un amor de calado diverso. Sin pasión. A la altura de una persona madura y con la vida asentada sobre convicciones propias. Era nada menos que la monja agustina responsable del grupo de «doncellas de piso»: doña María Briceño.
En Teresa no parece haber aflorado ni un mínimo amago de rechazo contra la nueva maestra de disciplina, pese a la crisis de «los primeros ocho días» en el Colegio. Al contrario: «Comenzando a gustar de la buena y santa conversación de esta monja, holgábame de oírla cuán bien hablaba de Dios, porque era muy discreta y santa. Esto, a mi parecer, en ningún tiempo dejé de holgarme de oírlo. Comenzome a contar cómo ella había venido a ser monja por sólo leer lo que dice el evangelio: Muchos son los llamados y pocos los escogidos».
Es la primera palabra evangélica que deja huella en el alma de Teresa. Y esa mujer señera, doña María Briceño, es la primera amistad neta que comparece en la galería de amigas y amigos que irán desfilando por la biografía de la futura santa.

El pan de la cultura

Teresa camina hacia la madurez pasando por la prueba del amor y por el hambre de saber. Lo segundo va a ser factor decisivo de crecimiento. Su pasión por los libros y la lectura la sitúa de lleno en el marco de nuestro mundo moderno. Teresa es ya una mujer lectora. No por mero «hobby», sino por necesidad interior. Hasta el punto de que, lo mismo que en su vida hay una historia de amigos y amistades, hay también una historia de libros y lecturas, todo un fluir de pensamiento que va vertiendo aguas sobre sus manos de lectora.
Vamos a resumir esa historia.
Teresa tuvo suerte desde el principio. «Era mi padre aficionado a leer buenos libros» (Vida 1, 1). «Era (mi madre) aficionada a libros de caballerías… No perdía su labor, pero desenvolvía monos para leer en ellos» (Vida 2, 1).
Sabemos, por el testamento de don Alonso, que disponía de una pequeña colección de libros clásicos, Cicerón, Virgilio, Séneca, Boecio… hasta Juan de Mena. Y, por los testimonios de Teresa, nos consta que por las manos de doña Beatriz pasaba una cadena de libros profanos. A Teresa misma la sorprendemos leyendo en el hogar hacia los seis o siete años. Lee en compañía: de niña, con Rodrigo; de adolescente, con su madre; joven ya, es probable que glose sus lecturas de caballerías con los primos y amigas que le hacen la corte. De hecho, se decide a escribir para ellos una novela de caballerías que desaparece en el fuego antes de que caiga en manos de don Alonso. Joven todavía, continúa de lectora en casa de su tío don Pedro, en Hortigosa: «Su ejercicio (de don Pedro) era buenos libros de romance… Hacíame le leyese y, aunque no era amiga de ellos, mostraba que sí».CCI27112014_0001
Eso, la enemiga de los buenos libros, era a los 16 años. Poco después vuelve a pasar por la casa del mismo don Pedro, y ha cambiado de criterio y de gusto. Ya está sólo por los «buenos libros, que no quise más usar de otros» (Vida 4, 7).
Es decir, Teresa ha hecho su recorrido de lecturas en varios planos superpuestos. De niña, los tebeos de aquel tiempo son los Flos Sanctorum con viñetas, héroes pequeños y grandes, relatos fabulosos y modelos de vida, buenos y malos, verdugos y mártires.
A medida que crece, cambia la pasión por la lectura al entrar en el hervor de la adolescencia. Teresa apunta a los libros de amor y de fantasía. Héroes y modelos nuevos que campean en los novelones de caballerías. Entre amor y violencia. Amadises, Florisandro, Tristán, Tirante, Esplandián Palmerín de Oliva, y el largo séquito de caballeros y damas que pasarán más tarde por el tribunal del cura y el barbero en casa de don Quijote. «Era tan en extremo lo que en esto me embebía, que si no tenía libro nuevo no me parece tenía contento». Es probable que entre esos libros no faltasen el «Libro del muy esforzado e invencible caballero don Claribalte» (1519), la «Historia muy verdadera de dos amantes Eurialo Franco y Lucrecia Senesa» de Eneas Silvio Piccolomini, futuro papa Pío II (Sevilla 1512), y la «Cárcel de amor» de Diego de San Pedro.
Sobre todo, fue entonces cuando Teresa, a través del cancionero, conoció y paladeó la poesía popular castellana.
La entrada en los 16 años y en el pensionado de Gracia trunca en seco ese bachillerato de lo profano. Teresa vuelve a lo que en adelante llamará ((buenos libros». Primero los soporta, leyendo para su tío de Hortigosa el voluminoso «Tercer Abecedario Espiritual» de Francisco de Osuna. Entre los 18 y los 21 años, lee dos libros fuertes: las «Cartas» de San Jerónimo, especie de sacudida eléctrica en sus incertidumbres vocacionales, y el abultado infolio de «Los Morales» de San Gregorio Magno, Papa, que comentan el Libro de Job y preparan a Teresa para la terrible enfermedad que le atenazará el cuerpo —como al patriarca bíblico— a los 23 años. El cupo selecto de libros de la patrística se completa mucho después (a los 39 años de edad) con la lectura apasionada de las «Confesiones» de San Agustín, la obra que mayor impacto produce en ella. De San Agustín leerá, además, tres textos filtrados por los compiladores medievales: los «Soliloquios» las «Meditaciones» y el «Manual».
Pero, en los años de la madurez, Teresa se aficionará a los maravillosos libros espirituales escritos en el romance de su siglo. Autores franciscanos, como Osuna, Laredo, Hevia, Bernabé de Palma y, más tarde, los «libros pequeños» de San Pedro de Alcántara. El «Audi filia» de San Juan de Ávila y los opúsculos espirituales de San Francisco de Borja. Se encantará con las páginas de fray Luis de Granada. En prosa del mismo Granada leerá la «Imitación de Cristo». Y en la maravillosa versión de otro escritor y poeta franciscano, fray Ambrosio de Montesinos, leerá y meditará la «Vida de Cristo» del «cartujano» Ludolfo de Sajonia, libro que sirve a Teresa de introducción a la Biblia y a la cristología.
Son simples botones de muestra del rimero de libros leídos por ella entre los treinta y los cincuenta años. Es la época en que entresaca libros de su bibliotequilla personal para difundir la «corriente oracionista» entonces en boga, dándolos a leer a su padre, a sus amigas y amigos. Hasta que, de pronto, estalla la borrasca. Fue en el verano de 1559. Ella contaba 44 años. El inquisidor Fernando de Valdés publica en Valladolid un drástico Índice de libros prohibidos, en el que figuran destinados a la hoguera la mayoría de los espirituales castellanos preferidos por Teresa: Granada, Juan de Ávila, Francisco de Borja, Bernabé de Palma, etc. ((Yo sentí mucho», escribe ella. Pero los libros terminaron en el fuego.
Sólo que, providencialmente, el odioso secuestro literario coincide con la entrada de Teresa en un mundo espiritual nuevo. En plena esfera contemplativa. Desde lo hondo de su interior oye una voz que susurra: «no tengas pena, que yo te daré libro vivo».
Ese nuevo libro se lo iba a abrir la entrada en la experiencia mística. A partir de ese momento le sobreviene una especie de saturación de libros y lecturas. Se queda —dirá ella— con los evangelios: la recogen más que «los libros muy concertados». Se queda con el Cantar de los Cantares: no hay cosa que tanto la asegure y consuele. Se queda con los salmos de su breviario, con las cartas de San Pablo y con las «Vitae Patrum» es decir, vuelve a las vidas de los santos, como en los días de la niñez.
Sólo después de ese drástico barrido de «buenos libros en romance» dictaminado por la Inquisición, sobrevendrá para Teresa la hora de empuñar la pluma y escribirlos ella. Escribirá ya sin libros de consulta. Pero para esa fecha —dirá ella— «he leído muchos libros espirituales)). La lectura la ha ayudado a pensar, a discernir, a madurar. Y a escribir.

 

El paso hacia la vida:
decide hacerse monja

Ávila era una ciudad desarbolada de chicos jóvenes. El hechizo o la sangría de la aventura americana seguía chupando lo mejor de la juventud masculina de la ciudad.
Quizá por eso estaban llenos los monasterios femeninos, tan numerosos en Ávila. En la Encarnación, construido recientemente extramuros al otro lado de la hondonada, hay casi un centenar de carmelitas que pronto duplicarán el número. No faltan religiosas que han entrado en plena niñez, a veces «sólo por remediarse», en frase de Teresa.
No será ése su caso. La escalada de su vocación monástica le cuesta años de lucha. El primer contacto con la vida religiosa, en el colegio de doncellas de Gracia, la pone «enemiguísima» del monjío. No la convencen los rigores de aquel estilo de vida. Lucha entre el casamiento con uno de los primos enamoradizos y la opción por el Carmelo de la Encarnación, donde es monja una amiga, Juana Juárez, cuyo estilo religioso la convence. Pide y hace pedir a Dios que no le dé estado de monja («que no fuese Dios servido de dármele»). «En esta batalla estuve tres meses forzándome a mí misma…», sin conseguirlo. Hasta que, «sin quererlo yo, me forzó (Dios) a que me hiciese fuerza».

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Monasterio de La Encarnación. Ávila.

Todo un léxico batallero que delata el recio conflicto interior de la joven de 19 a 20 años.
Decidida ya, surge la oposición de otro amor, el de su padre. «Era tanto lo que me quería, que en ninguna manera lo pude acabar con él, ni bastaron ruegos de personas que procuré le hablasen. Lo más que se pudo acabar con él, fue que después de sus días haría yo lo que quisiera».
Pero Teresa está determinada. Por nada del mundo tornaría atrás. Persuade a uno de sus hermanos a que abrace, como ella, la vida religiosa. Y los dos se fugan de casa. «Acuérdaseme, a todo mi parecer y con verdad, que cuando salí de casa de mi padre no creo será más el sentimiento cuando me muera; porque me parece cada hueso se me apartaba por sí, que, como no había amor de Dios que quitase el amor del padre y parientes, era todo haciéndome una fuerza tan grande que, si Señor no me ayudara, no bastaran mis considerados para ir adelante. Aquí me dio ánimo contra mí de manera que lo puse por obra».
Esa segunda fuga de Teresa ocurre el «día de ánimas», dos de noviembre de 1535. Contaba ella 20 años cumplidos. El monasterio elegido es el de las carmelitas de la Encarnación. Teresa misma comenta: «a la hora dio un tan gran contento de tener aquel estado, que nunca jamás me faltó hasta hoy». Han transcurrido 30 años cuando lo escribe.

la encarnación 2

Monasterio de La Encarnación. Ávila.

Aparte la lucha desencadenada en el interior de la joven, su opción por la vida religiosa había tenido preparación lenta y creciente. Sobre todo, en la vida hogareña. No es fácil reconstruirla a cuatro siglos de distancia. Poseemos datos demasiado precarios para rehacer el perfil de su jornada casera, su talante de ama de casa, la cotidiana vida de trabajo, de lectura y de piedad.
Preferimos replegar sobre un posible punto de referencia: cómo era por esas fechas la jornada casera de una futura amiga íntima de Teresa, doña Juana Dantisco, la madre de Gracián. Nos lo cuenta su propio novio, en carta escrita desde Valladolid y dirigida al padre de Juana, en la lejana Polonia. Está fechada la carta en 1538 y describe la jornada de la joven con sencillez y realismo inigualables. Trascribimos esa página:

«Como pienso que será de tu agrado, te indicaré los ejercicios en que tu hija ocupa el día al lado de mi madre. Por la mañana, tan pronto como se despierta o es despertada por mi madre, con quien duerme (es decir, hacia las seis), se levanta de la cama, y de rodillas ante el altar que tienen en la habitación da gracias a Dios por los beneficios que le ha concedido, recitando algunas oraciones vocales. Después, una vez que mi madre la ha peinado y arreglado, comienza el rezo del Oficio de la Santísima Virgen en el Libro de Horas, hasta el momento en que -según es costumbre- tocan las campanas, anunciando la celebración de la misa. Mi madre y ella van entonces a la Iglesia para participar en los sagrados misterios, de los que esperan conseguir un día feliz».
«De vuelta a casa, desayuna, y a continuación realiza trabajos domésticos, o cose algunas cosas, o borda, aunque esto se lo permite poco mi madre, pues por tener los ojos azules ve poco y no consigue demasiado. Llegada la hora de la comida, se sienta a la mesa con mi madre y mi hermanita y come frugal y moderadamente, como es costumbre entre las viudas honestas…».
«Después de comer, se distrae con mi hermanito con algún juego honesto, para continuar con ella su formación religiosa. Es de su edad. La ha tomado como compañera y amiga muy complaciente, y la hace partícipe de todas sus cosas, satisfecha sin duda por la semejanza de sus aficiones…».
«A las tres de la tarde se reúnen las dos para estudiar, y bajo la dirección de un joven consanguíneo nuestro dedican una o dos horas al estudio. Leen entonces algunos libros de autores serios y muy conformes con la moral, como por ejemplo: el De Institutione feminae christianae de Vives, las Cartas de San Jerónimo, traducidas al español, y otros semejantes, o también escribe, tratando de imitar mi letra. Cuánto haya progresado en este aspecto, puedes juzgarlo tú mismo por las cartas autógrafas que te ha escrito, cuando antes —estando con su madre— era totalmente ignorante de todo».
«Toman posteriormente la tela y los canastillos, y lucha con mi hermanita a ver quién termina primero la tarea, mientras cantan algunas canciones en español, para hacer más fácil y llevadero el trabajo».
«Después de cenar, les manda mi madre, tanto a ella como a mi hermana, que lean alternativamente algún texto de los Evangelios o de las vidas de los Santos Padres, mientras llega la hora de acostarse».
«Ya en la habitación, nuevamente ante el altar, con las velas de cera encendidas, reza algunas oraciones especiales a Cristo y a los santos. Después se acuesta, en medio de mi madre y mi hermana, y ya en la cama, precedida de mi madre, recita algunas veces oralmente el Padrenuestro y el Avemaría, hasta que poco a poco es dominada por el sueño, y así todas duermen tranquilamente hasta que amanece».
«De este modo es instruida y formada tu hija al lado de mi madre, mujer honesta y prudente en extremo, que según el dicho de Homero, «está atenta al presente, al futuro y al pasado, y es mujer muy varonil».
Ni la vida de piedad, ni el cultivo humanístico, ni los quehaceres caseros de Teresa en el hogar serían muy diversos de los de esa su futura amiga.