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Inicio del Noviciado

Día 16 de Julio. Toda la Orden del Carmen celebra con gozo la solemnidad de Santa María del Monte Carmelo. Es la Virgen que, a la vez, es Madre, Hermana, Reina, Señora, Emperadora, Guía de cada carmelita, y de todo aquel que se acoge bajo su protección en cada momento de su vida.

En este monasterio de Antequera, “del señor san José” -como lo definiría jubilosa Teresa de Jesús-, fue día de fiestas unidas, cada cual más entrañable, cada cual más nuestra. Por un lado, la liturgia ya hacía días -nueve concretamente- que nos iba caldeando los oídos y el corazón con la celebración de la memoria de la Virgen, nuestra Señora. Todo creaba ambiente mariano, o mejor dicho, hacía resaltar ese marianismo que el Carmelo, cada carmelita, lleva impreso en las entrañas. El atardecer previo al gran día, el canto solemne de las Vísperas y de la Vigilia, preludiaba el día grande, día de la Madre que el Señor nos regaló al pie de la cruz. Pero todo envuelto en la mayor sobriedad y sencillez, como era el deseo de Teresa, nuestra santa Madre.

Carolina de Jesús Sacramentado y Judith Esther de la Anunciación

En ese día, de amanecida, dos hermanas nuestras: Carolina de Jesús Sacramentado y Judith Esther de la Anunciación, después de haber convivido con nosotras y de haber experimentado nuestra vida teresiana, iniciaban llenas de alegría su vida religiosa en esta casa, en esta comunidad que las recibía con la esperanza de verlas crecer en su entrega al Amor. Ceremonia sencilla, al amanecer, en la intimidad de las primeras luces y de los primeros cantos, de las primeras oraciones del día, en la que nos pedían ser admitidas en nuestra familia para hacer cada vez más suyas nuestras inquietudes, nuestros deseos, nuestros horizontes, nuestros sueños, nuestro carisma en esta Orden de la Virgen del Carmen. Y hemos aceptado, felices, estos anhelos suyos, poniéndolos en las manos de nuestra Señora del Carmen, y del señor San José, Patrón de este Monasterio. Desde ese momento, llevan sobre el corazón la medalla escapulario que se les impuso en ese momento, para que no olviden a quién pertenecen, a quién desean entregar sus vidas.

La Eucaristía del mediodía fue nuestra Acción de Gracias por tantas bendiciones como Dios nos ha regalado. Presidió nuestro hermano, carmelita descalzo, P. Antonio Ángel Sánchez Cabezas, y concelebraron con él los Padres carmelitas Juan Luna y Domingo, de Burkina Fasso. La Salve Marinera coronó esta ceremonia tan familiar en la que tantas personas estuvieron unidas a esta comunidad en la plegaria y en el cariño.

Quien esto lea, no deje de orar por ellas. Que “sean tales” como Teresa de Jesús nos pintara en sus deseos.

Ellas oran por todo el mundo, que para eso han pedido un rinconcillo en esta casa: para -como decía Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein- “Estar ante Ti por todos”.

Que la Virgen nos siga bendiciendo.