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Comentario a “Para Vos nací”

Ofrecemos el extracto de un artículo aparecido en  Monte Carmelo, Revista de Estudios Carmelitanos. Vol. 123, Burgos 2015. Nº2. pp. 367-370.

 

TERESA DE JESÚS, OBJETO DE LA LITERATURA
Fidel Sebastián Mediavilla

Con motivo del V Centenario del nacimiento de la Santa, la descalza Lucía Carmen de la Trinidad, del Carmelo de Antequera ha publicado un hermoso poemario bellamente editado, con prólogo del padre Tomás Álvarez de la Cruz e ilustraciones de Jesús Romero Benítez. El título, Para vos nací, y el subtítulo, Nuevas palabras, reproducen expresiones teresianas, y anuncian su contenido: una serie de poemas en diversos metros y composiciones que, unas veces por boca de la propia Teresa, otras a través de la voz del poeta, evocan los momentos cruciales de su vida, de comienzo a fin. Cada poema viene introducido por un texto de la santa.
Lucía Carmen de la Trinidad es el eslabón más reciente de una sucesión de hijas de Teresa que, siguiendo la vena poética de su fundadora, han sembrado de versos y alegría los carmelos, desde que sonaran por primera vez los que la santa compuso y sus hijas repetían, siguiendo por los que escribieron, en Sevilla su priora predilecta, María de San José, o en Flandes su compañera, enfermera y secretaria de los últimos años, Ana de San Bartolomé, o más tarde en Valladolid Cecilia del Nacimiento, y en La Rioja Ana de la Trinidad, hasta los que recrean ahora las horas de oración y de descanso de las carmelitas de Antequera gracias a la inspiración y la pluma de Lucía Carmen de la Trinidad. Juzgue el lector por esta exigua muestra, un romance y un soneto, la calidad y la oportunidad de la publicación:

“De ver a Cristo me quedó imprimida su grandísima hermosura”        (Vida 37, 4)

He visto a Dios cara a cara
cuando lo miré de frente.

Tiene su voz la cadencia
de la brisa cuando llueve,
el murmullo de los mares,
la majestad de un torrente.
Ardido en llamas azules
su corazón adolece…
¡Ay, quién pudiera en su fuego
consumirse para siempre!

Mendigo de mi cariño
a pedir mi amor se atreve…
Cuando siento que se acerca,
todo mi ser se estremece.
¿Para qué quieres mi amor
Tú, que con tu amor me hieres?
¿Qué vas a hacer con mis sombras,
mis dudas, mis pequeñeces?

No me castigues, Amor,
con más amor, que no puede
beber la luz de tus ojos
mi lamparilla de aceite.
Quiero probar tus manzanas,
¡oh, Hermosura que me excedes!
Dame esa fruta prohibida,
¡árbol de todos mis bienes!

He visto a Dios cara a cara
cuando lo miré de frente.

Vi que eran blancas sus manos
como talladas en nieve,
y sus dedos filigranas
labradas por un orfebre.
Su pecho me parecía
cascada, arroyo o fuente,
porque me sentí bañada
en su frescor transparente.

Sus brazos eran dos ramas
de almendro, entre blanco y verde,
tan blanco, que parecía
o nevado o floreciente.
Era su piel color luna
tan hermosa cuando crece.
Un racimo de amapolas
en sus mejillas florece.

Por sus labios vi brillar
un lucero incandescente,
que en el cielo de su boca
cuando sonríe, amanece.

A la orilla de sus ojos
toda la luz se detiene,
olas de sal y de fuego
besan su arena caliente.
También vi sus pies llagados
bañados en miel y leche.
Y en sus sandalias de plata
ajorcas de cascabeles…

Me pareció ver el cielo
cuando lo miré de frente”.

 

“Ha de hacer cuenta el que comienza, que comienza a hacer un huerto en tierra muy infructuosa, que lleva muy malas hierbas, para que se deleite el Señor”                (Vida 11, 6)

No se cierra la puerta, que nos abre
Teresa el gran dintel de sus amores…
¡Mirad el agua clara y tantas flores!
(El huerto dará fruto a quien lo labre).

El ancho ventanal de su existencia,
el “para siempre” aquel de cuando niña…
nos hacen otear por su campiña,
y descubrir muy dentro la Presencia

Teresa calla y sueña, la Paloma
de encendidas conchicas se ha posado
sobre su pluma, ya gastada y roma.

Su alma en el papel ha cincelado,
y en esos pliegos derramó el aroma
que tiene a todo un Dios, enamorado”.